Espartaco
por Uno de la Redacción

MARTES 24 DE NOVIEMBRE DE 2009 A LAS 18:43 HORAS
Opinión > Cultura
 
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PEDRO P. HINOJOS

Contemplar la marcha del ejército de esclavos comandado por el audaz Espartaco pasando ante la Puerta de Madrid, entre los vítores de los alcalaínos disfrazados de siervos del Imperio romano enfervorizados, es uno de los mayores regalos que le ha hecho el cine a Alcalá, aunque ésta no haya podido sacar mucho beneficio de ello. Es la amargura silenciosa que sufren las ciudades que prestan sus calles, plazas y edificios para los rodajes de cine y televisión: sólo podemos presumir entre nosotros de que Stanley Kubrick nos eligiera en el lejano 1960 para su epopeya del gladiador rebelde o que Televisión Española nos haya convertido en el paisaje de fondo de las aventuras y desventuras de la familia Alcántara; porque casi todo lo restante son molestias. Cortes de tráfico inesperados, broncas de algún regidor con altavoz a los viandantes despistados que se meten en el plano o encierros taurinos a la sanfermina pero sin chupinazo como ha sucedido en Cádiz con la última de Tom Cruise. Pero con todas estas incomodidades y cornadas, aún podemos sentirnos privilegiados por la visita de la tropa del cine, ya que puede ser la única forma de ver de cerca y a lo grande el séptimo arte. En los últimos días hemos asistido al anuncio anunciado del cierre definitivo de los multicines Cisneros y su posible conversión en un megabazar oriental. El PSOE le ha pedido al Gobierno del PP que haga algo, aunque no se sepa muy bien qué. En realidad, el Ayuntamiento ya viene haciendo bastante por el cine: financia un festival en una ciudad prácticamente sin cines, lo cual tiene un mérito bárbaro. Y también da los mencionados permisos para el rodaje en la vía pública e incluso alquila edificios municipales para ello. ¿También tiene que entrar a la greña con las majors mientras el personal huye del centro, con una servilleta grasienta de bar de tapas al por mayor pegada al zapato, para rendir culto clandestino al dios emule en la intimidad del hogar? Siempre nos quedará Espartaco para consolarnos y para comprender que, en según qué cosas, cincuenta años no son nada.


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