Era y es vox pópuli la fría relación personal entre José Luis Rodríguez Zapatero y Felipe Gonzälez, derivada a su vez de la renovación generacional que el presidente del Gobierno ha hecho en el PSOE desde su llegada al liderazgo. Lo que para los afectados es una purga en toda regla, para el seccretario general de los socialistas es una simple cuestión biológica: la vieja guardia está mayor, y la nueva pega fuerte y pide el balón.
Ésa es la lectura, desabrida y frustrada, que entre otros ha venido sosteniendo Felipe González desde su dorado retiro de viajes, joyería, conferencias y asesoramiento europeo: se veía reconocido como un gurú en medio mundo, mientras en su país se le trataba de florero. Y no le han faltado ibarras, leguinas y maragales sumados a un coro en el que, de cuando en cuando, se sumaban también veteranas voces en activo, casos de Chaves y Rubalcaba: ellos están en primera línea, sin duda, pero su escepticismo hacia el presidente es tan intenso como proverbial su capacidad de disimulo.

Pero el PSOE siempre ha sabido lavar los trapos sucios en el vestuario y ofrecer, de puertas para afuera, una imagen de unidad: sólo así se sobrevive un siglo, y los socialistas lo saben. Especialmente en los malos momentos, y éste lo es: en las últimas tres semanas se ha registrado una ´reconciliación duradera' entre Zapatero y González, con varias conversaciones privadas para certificarla y una plataforma espléndida para evidenciarla: la reciente renovación de la cúpula europea ha ofrecido a ambos dirigentes la posibilidad de hablar como no lo hacían desde hace años y de trabajar en equipo.
González, según nos cuentan, está contento y agradecido con su sucesor por haberle escuchado, y mucho, y por haber defendido su candidatura a presidente de la Unión Europea, un puesto que le venía como anillo al dedo y que no prosperó por la rácana visión de Alemania y Francia: Merkel y Sarkozy preferían un burócrata controlable; y González era un verso suelto con autoridad suficiente para tener y sostener un discurso propio.
No habrá cariño, pero sí respeto mutuo y confianza en adelante. La presencia de González en la conferencia/mitin del fin de semana, en primera fila y aplaudiendo a Zapatero, consagra la entente de ambos en el peor momento de popularidad y expectativas para Zapatero, que agradeció y mucho la actitud de su predecesor con un gesto menor pero muy sintomático: aunque no todo el mundo se dio cuenta, el presidente hizo lo imposible por posar su mano en el hombro de González en un escorzo nada casual destinado a buscar la foto del día.
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