Operación estatuilla
por Fernando Couto

VIERNES 20 DE ENERO DE 2012 A LAS 12:33 HORAS
Opinión > Cultura
 
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La distracción típica de estas fechas entre los aficionados al glamour de las estrellas cinematográficas y la prensa especializada es hacer quinielas sobre los ganadores de las categorías mediáticas de los premios anuales (Globos de oro, BAFTA, Goya, César, Oscar) que se suceden con precisión y sin respiro para ocupar las primeras páginas de la información sobre el mundo del espectáculo. Probablemente la apuesta que peor se pague en 2012 por su previsibilidad es el Oscar a mejor actriz protagonista a Meryl Streep por su encarnación de Margaret Thacher en La dama de hierro.


Como hizo el año pasado la triunfadora El discurso del rey, La dama de hierro quiere presentar el lado humano de un personaje que forma parte de la historia británica del siglo XX. No se centra en la esforzada y voluntariosa superación de las limitaciones personales, sino en ilustrar que con unas convicciones firmes (sean las que sean) se pueden conseguir todos los objetivos que uno se proponga (sean los que sean). La estructura empleada para tal fin consiste en mostrar a la señora Thatcher en la actualidad, con frecuentes alucinaciones sobre su esposo muerto (Jim Broadbent), mientras rememora su trayectoria política con flashbacks que guardan más o menos el orden cronológico desde su juventud bajo los bombardeos de la Luftwaffe hasta su caída como primera ministra por el rechazo de sus correligionarios en la cámara de los Comunes. A buena parte de sus numerosísimos admiradores el presentar el deterioro de sus facultades mentales les parecerá una treta denigrante. A sus detractores les parecerá una treta, del todo inapropiada para abordar la aproximación a una figura histórica, que desordena, quita sentido y diluye la responsabilidad de sus decisiones políticas y que ayuda a confundir causas y consecuencias. A la inmensa mayoría indiferente a la pasión por el proceso político les parecerá que los padecimientos seniles la acercan y la humanizan, lo que sin duda hace que el enfoque escogido sea más bueno que malo de cara a la taquilla y a los galardones.  

 

Con un cargante abuso de encuadres forzados para subrayar las situaciones supuestamente tensas en la vida de la protagonista, desfilan vistas y no vistas, con apoyo de imágenes de archivo, las huelgas de los mineros, Reagan y Gorbachov, la huelga de hambre de los terroristas del IRA o la conflictiva relación con lo que entonces solo eran las Comunidades Europeas (CEE, CECA, EURATOM). Hay varias secuencias sobre la decisiva guerra de las Malvinas / Falklands (como cantaba Joe Jackson, no se podían poner de acuerdo ni en el nombre). Un encuentro con el secretario de Estado estadounidense, Alexander Haig; la decisión de hundir del Belgrano; la escritura de cartas a los familiares de los soldados muertos y el discurso triunfal en la cámara de los Comunes, durante el que el antifotogénico líder laborista Michael Foot se sabe derrotado electoralmente. Chirrían bastante dos comentarios de la reunión con Haig: la comparación de las islas con Hawái en 1941 y la invocación a los principios para no negociar con una junta militar fascista. Retórica incoherente con el apoyo aceptado del Chile de Pinochet al Reino Unido durante la guerra. Sobre su retórica respecto a la defensa de los valores de la clase media sería interesante comparar estadísticas sobre indicadores de desigualdad social y número de negocios familiares en 1979 y en 1990, principio y final de su mandato. Su discurso sobre las virtudes del ahorro podría firmarlo ahora mismo Angela Merkel, con la misma falta de entendimiento.

 

Además del asombroso y casi terrorífico trabajo de recreación de la voz que hace Streep y de su trabajada caracterización, destaca Broadbent (Brazil, Balas sobre Broadway, The Damned United) en el poco frecuente rol de consorte masculino y ancla en medio del caos (ya saben que detrás de todo gran hombre hay una mujer sorprendida). También aparece su hija Carol. De su hijo Mark solo se nos muestra que la llama poco y a deshoras, a pesar de vivir a solo dos zonas horarias. Sus variopintas desventuras africanas (París-Dakar, Guinea Ecuatorial) ni se mencionan. Como un documental de tres horas sobre George Harrison que no mentara la verdad judicial sobre My Sweet Lord.


Grados de separación 

Margaret Thatcher fue todo un regalo para los programas de humor de la BBC.


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