
ÓSCAR SÁEZ
Comienza el 2012 tras un año que nos deja muchas penas, con cierres como el del Bedel, y pocas alegrías. Es invierno y la fría luz del sol ilumina de gris los monumentos, por donde desfilaron príncipes, y navegantes en busca de futuro, y poetas que meaban en las esquinas, o nacían genios, de cuyas lámparas salían quijotes y alguna que otra miseria en su biografía convertida en Aldonza cuando soñaba con Dulcineas.
Así vive Alcalá, entre recuerdos vagos de un pasado glorioso, mientras el oro se transformó en oropel, una ciudad que busca la industria, la clase media y la identidad. Mientras que son cada vez más los alcalaínos los que tienen que irse fuera a trabajar, otros muchos que jugaron de pequeños en sus calles se fueron a hipotecar a Azuqueca, Alovera o Meco porque aquí solo encontraban onerosas ratoneras con vistas a un negro porvenir; hipotecando las esperanzas del futuro complutense, que perdía parte de su esencia: sus vecinos.
Que este 2012 sirva, al menos, para poner las bases para que Alcalá recupere parte de lo que un día fue. |