La semana pasada se estrenó en España la coproducción europea Un dios salvaje. Dirigida por Roman Polanski es una adaptación de la obra teatral de la escritora francesa Yasmina Reza (Arte y El alba la tarde o la noche), que firma el guión junto con Polanski. Dos matrimonios tratan de solventar de forma civilizada una pelea entre sus hijos, ambos de once años, que terminó con la pérdida de un par de dientes de uno de ellos.
Salvo el plano inicial y el final, los dos en un parque de Brooklyn, sin duda trucado o filmado por la segunda unidad, toda la acción se desarrolla en el domicilio de Penny (Jodie Foster) y Michael Longstreet (John C. Reilly), los padres del agredido. El ambiente está cargado desde el comienzo y se hace más tenso porque la despedida de los visitantes Nancy (Kate Winslet) y Alan Cowan (Christoph Waltz) se pospone una y otra vez y no se concreta nunca. Las llamadas permanentes a un teléfono móvil aumentan la crispación y sus interrupciones marcan el ritmo de los diálogos. La incómoda situación se prolonga cada vez más y acabará exasperándolos a todos, para diversión de los espectadores. Cuando la hipocresía, ese pegamento social con tan mala prensa, y el barniz de la urbanidad desaparezcan serán sustituidos por la intolerancia (lo que hacen los demás es raro o inmoral) y la grosería. Donde había un grupo de adultos intentando colaborar pasará a haber dos parejas enfrentadas y en último término cuatro individuos que viven su soledad en compañía quizá por miedo a la soledad sin compañía. Todos quedan malparados. Desde el abogado estresado que no disimula que solo le interesa su trabajo hasta la intelectual políticamente correcta que conoce por la experiencia directa de sus lecturas el horror que sufre África.
Polanski es un experto en diseccionar el efecto de un encierro en tríos (El cuchillo en el agua, La muerte y la doncella) y cuartetos (Callejón sin salida). Esta vez se vale de muchos primeros planos para aprovechar la calidad interpretativa de los protagonistas y al poner la cámara muy abajo aumenta la sensación de claustrofobia. Tampoco es casual la presencia de un catálogo de obras de Francis Bacon. El título en inglés (Matanza) podría utilizarse para cualquier exposición antológica del pintor.
Grados de separación
Por suerte a los once años el mundo es más sencillo. El último plano de los niños con la música de Alexandre Desplat mientras pasan los títulos de crédito recuerda, intencionada o casualmente, al final de Caché (Escondido) de Haneke. |