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Soñamos con la perfección. Es cierto que desde que el hombre es hombre aspiramos a esa idea, ese espejismo. Quizá Dios… O simplemente la errática aspiración de que el universo sea perfecto nos brinda la posibilidad de sobrevivir en el caos del cosmos. Perdurar. ¿Es Dios el hiperbólico reflejo del super-humano, o mejor, del hombre máximo que se auto crea, a su imagen y semejanza para poder así alcanzar o por lo menos soñar con ese total infinito? Buscando respuestas a si existe la perfección tal y como la concebimos, voy a acercarme a los albores de la vida en este planeta. ¿Que nos enseña la naturaleza? Decimos que la naturaleza es sabia, verdad, pero no decimos que la naturaleza es perfecta. De hecho, no lo es. Sería más correcto pensar en el término perfectamente imperfecta. Un sistema perfecto es un sistema blindado, un sistema infalible. Un sistema cerrado en el que no hubiera sitio para el error no permitiría el menor cambio y por tanto la mejora. Por otro lado la perfección siempre es un término relativo a la utilidad o finalidad de algo. En este caso no podemos hablar en términos de utilidad más allá de la auto-conservación y esta implica directamente adaptación. Adaptación a un macro-sistema en constante cambio o macro-adaptación a otro macro-sistema en macro-adaptación y así sucesivamente como en un diseño fractal, a cuya forma indefectiblemente somos ciegos. Así como la perfección de un sistema biológico tan imperfecto como es la reproducción celular deja la puerta abierta a través de la mutación casual a una mejora, la idea de perfección surge en nuestra mente como el horizonte inalcanzable al que dirigir nuestra mirada cuando la tempestad de pasiones nos obnubile. El estrecho puente que nos encamina a ese horizonte abrasador es La Virtud. |