ALONSO GUERRERO
Hemos asistido en los últimos días a las tomas de posesión de los nuevos Presidentes de las Comunidades Autónomas, en Madrid, en Castilla-La Mancha, en Valencia, todos del PP. Mientras, el PSOE se desmigaja en el Congreso como un mendrugo comido por los pájaros del nacionalismo, y los miles de Pulgarcitos del 15-M se extravían en las calles de los alrededores de La Bolsa. Aunque todo el mundo se sienta identificado con sus protestas, la realidad de la política tiene que guardar las formas. En palacios que no pertenecen a nadie, los políticos que toman posesión de sus cargos se han quitado los sonotones, se han limpiado las sonrisas de Joker, hechas con el puñal, y celebran un ceremonial que contrasta con la beneficencia trashumante de los que no tienen nada, ni futuro, ni presente, ni dinero suficiente para permanecer callados.
Los políticos son elegidos por las mayorías, no por la gente. Por eso las fotos de las tomas de posesión encriptan la tremenda distancia entre los pecado cometidos y las expiaciones que se prevén. Lo que nos ha traído a esta situación nada tiene que ver con lo que hay que hacer para salir de ella, eso lo sabe todo el que tenga una nómina, y todo el que ya no la tenga. Ahora no nos piden que sobrevivamos con lo mínimo, sino que aceptemos la macroeconomía que se nos viene encima. Los políticos acojonados del Congreso, y los arcángeles de espada llameante que acaban de entrar en las Comunidades, olvidan que no es la economía lo más urgente, sino la justicia.
No hay economía sin justicia. En esas caras sonrientes que reciben las felicitaciones, el clamor por la justicia que recorre España parece las ojeras tapadas por el maquillaje. Las quejas de los llamados indignados pasarán, pero la indignación ha empezado a asentarse en las urnas. Muchos se divierten confundiendo a estos outsider con etarras, okupas, antisistemas y vagos. Quizá algunos lo sean, pero la culpa de mezclar las ovejas blancas con las negras es de la política que vivimos y de sus plañideras televisivas. Por desgracia, todos sabemos en quiénes van a clavarse los puñales escondidos bajo las bandejas que llevan el champán.
|