
A nadie se le oculta el formidable descontento de Francisco Granados por su exclusión del Gobierno regional, que se ha explicado como la reacción de Aguirre a las peticiones de Ignacio González, su hombre de confianza y mano derecha. Y no es del todo cierto.
El primer indicio de lo que ha ocurrido se remonta ya hace muchos meses, aunque en ese momento casi nadie lo vio: hay que conocer muy bien al PP por dentro para detectar lo que podía venir al repasar la lista popular a la Asamblea de Madrid, en la que apenas aparece rastro del todavía secretario general e inminente senador: salvo un par de nombres, y en puestos no muy destacados, la presencia de nombres cercanos a Granados era casi nula. Y lo mismo puede decirse en las candidaturas municipales.
El también ex alcalde de Valdemoro organizó la campaña y negoció tras el 22M con los distintos partidos, es cierto, pero las grandes decisiones fueron de Aguirre y de su jefe del Comité de Listas, a la sazón Ignacio González.
Pero quien vea en este dato un argumento para adjudicar la marcha de Granados al vicepresidente, se equivoca: Aguirre no delega casi nada y decide casi todo en persona, y buena prueba de ello es que nadie -ni el propio González- conoció la composición del Gobierno regional hasta muy pocas horas antes de que se hiciera público.
El hecho determinante fue la negativa de Granados a asumir la portavocía, que Aguirre le había reservado por dos razones: necesitaba reforzar ese puesto tras la marcha de David Pérez y quería a alguien de mucho peso para contrarrestar la llegada de Tomás Gómez a la Asamblea y la irrupción de UPyD. En el PP, pese a su clarísima mayoría absoluta, se da por descontada una legislatura dura, a cara de perro y con mucha tensión parlamentaria. Y es ahí donde la presidente ubicaba la necesidad de tener una cara muy conocida y de experiencia contrastada.
Henríquez de Luna tenía reservado el puesto de portavoz adjunto, entre otras cosas por su pertenencia a un grupo oficioso de influyentes militantes del PP (con varios alcaldes incluidos) que se reúne periódicamente en Madrid para analizar la situación del partido, pero sólo subió un peldaño cuando Granados se negó a aceptar el encargo.
La gran incógnita es cómo afectará todo esto al PP madrileño, aunque en el seno del partido y del Gobierno se cree que a Granados se le pasará. No hay Congreso regional en el horizonte cercano -ni lo habrá probablemente hasta después de las Generales-, Génova no quiere ningún sobresalto hasta que se celebren Elecciones y el ex consejero es un hombre inteligente que no libra batallas que no pueda ganar. Máxime cuando en Sol se es consciente del daño estético que se le ha hecho y se hará lo posible por restituirle en el futuro.
En otro orden de cosas, pero también relacionado con el nuevo Gobierno, cabe resaltar el sistemático fallo en todas las quinielas hechas al respecto de su composición, con pronósticos tan curiosos como el del fichaje estrella de Ángel Acebes: nunca existió esa posibilidad, pero durante unas horas se dio por hecho, interpretando la salida del Congreso del ex ministro de Aznar como la antesala de su incorporación a Sol.
La realidad es que ni se pensó en el abulense ni a éste se le pasó por la cabeza tal posibilidad, y que su marcha de la Cámara Baja se debe en exclusiva a su deseo de atender su vida profesional y privada sin asumir peajes políticos: tras muchos años en primera línea, el paso atrás es una manera de salirse definitivamente de los focos y concentrarse en su actividad privada en varios consejos, muy rentable y cómoda.

Menos cómodo, o más sorprendente, ha sido el desembarco de David Pérez en la alcaldía de Alcorcón, estrenada con una sorpresa bien llamativa: al llegar a su despacho, notó una ausencia destacable. No había colgado ningún retrato del Rey, como es preceptivo en las instituciones oficiales. ¿Lo había quitado su predecesor, Enrique Cascallana? ¿O ni siquiera llegó a tener uno? El misterio se resolvió en una horas de una forma sorprendente: tras indagar en distintos departamentos municipales, el cuadro de Don Juan Carlos apareció en una especie de almacén, arrinconado y con polvo. Debía llevar allí mucho tiempo.
Para terminar, dos preguntas. ¿Hasta qué punto crecerá la marea de oposición a Tomás Gómez en el PSM, vista con buenos ojos por Blanco y Rubalcaba y seguida muy de cerca por Simancas? ¿Y será verdad que uno de los hombres de aquél en Cajamadrid, el ex rector Virgilio Zapatero, ha caído en desgracia en la entidad y quedará fuera del Consejo Ejecutivo de la fusionada Bankia? Ahí queda. |