ANTONIO CAMPUZANO
La noche del 5 al 6 de mayo ha recuperado para la ciudadanía un cierto oxígeno purificador de anteriores etapas históricas. Eso al menos es lo que logra el gran Iván Espínola, dueño de todo el campo de enfoque de cuanto de interés sucede en la ciudad. Las formaciones distintas se dejan inmortalizar bajo la luz tenue de la farolas, a la hora de la medianoche, ya sin las brochas y el pegamento de antiguo, pero sí con un aire como de recuperación de antiguos clics en los que la ilusión y la ingenuidad, “fifty-fifty", enaltecían el tiempo de campaña, la más alentadora experiencia política para sus habituales y moradores. Muy lejos de experiencias posteriores de gobierno o de oposición, donde desaparecen esas virtudes demediadas para dar paso a las ejecutivas, a las aplicaciones de leyes y reglamentos, directivas, planes, subvenciones. Toda una pléyade de disposiciones que termina por desenrollar la interminable alfombra por la que discurrirá la despedida.
Los populares comparecen en la noche más propia de magos que discípulos de políticos todo vestidos de blanco, un color que enfatiza las desigualdades estéticas como pocos colores. El rojo es elegido por los socialistas, o sea como una autocontratación. Se debe ser lo que se supone que es. Pero eligen la pose, algunos de sus representantes, sosteniendo la imagen del candidato Javier Rodríguez, en composición entre “madres de mayo" y “bildus" amateurs.
Eso es bueno, se ve, se siente, que el poder, aún por llegar, aleja de estéticas más reconcentradas y repletas del concepto de la seguridad. Todo por el voto, por votar, “el civilizado recurso de las ánforas", como ha dejado dicho esta semana Mario Vargas Llosa, el hombre que matrimonia el periodismo y la literatura de tal manera que solo cabe la gratitud por esa unión tan necesaria.
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