
ALONSO GUERRERO
Sin tener en cuenta la decisión que ha tomado el Tribunal Constitucional sobre permitir o no que Bildu se presente a los comicios del 22 de mayo, el espectáculo no está en Bildu, sino en el coro de ópera bufa que utiliza a Bildu, compuesto de cómplices, o lacayos, con escaño en el Congreso. Que Bildu quiera engañar al sistema dice más de la legitimidad del sistema que el hecho de que EA, el PNV, CiU y ERC lo utilicen de gallina de granja. Todos ellos, apoyados por el Gobierno y el PSOE, van a jugar al Tribunal Supremo, en lugar de al Casino de Torrelodones. El resultado depende de la racha, porque si sale mal en el Constitucional saben lo que hay que hacer. En este país, la decisión de parar la peli de Cantinflas y poner el telediario parece irresponsable.
Nuestra historia reciente es el sambódromo de las periferias. Legalidad y terrorismo se hacen más favores que ascos. La política es de anilla en la pata y últimamente, ante la falta de futuro, lo que más juego da es el no, pero sí. Los trapos nunca se lavan ante la opinión pública, así que la opinión pública se pregunta qué puede esperarse de una política cuyo valor más seguro es el olvido. No, pero sí. Esa es la consigna de un Gobierno en que el socialismo se ha convertido en una invitación a tomar el té con el Sombrerero Loco.
Lo habitual es decir lo que no se dice, y ocultar lo que se exhibe. Si Bildu llega a las instituciones, es gracias a la misma justicia que ha metido a Otegui en la cárcel. El Tribunal Constitucional se ha convertido en el lugar donde nada es lo que parece y, desde luego, donde se dice lo que nadie quiere oír. Sus magistrados están ahí para que todo el mundo les arroje tartas a la cara. La política, esta política al menos, es un enorme corte de mangas a la inmensa mayoría, la única a la que Garzón no puede poner micrófonos. Esta política está consiguiendo algo nuevo en nuestra democracia: que el voto no se emita a favor de un candidato, sino contra todos los demás.
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