
Sábato no se conformó con escribir. Nunca dejó de interrogarse sobre el significado de una actividad que implica un cierto desprendimiento de la vida, pero que al mismo tiempo pretende justificarla, al menos como experiencia estética. En El escritor y sus fantasmas (1967), afirmó que “los hombres escriben ficciones porque están encarnados, porque son imperfectos”.
Sábato rechaza la literatura de entretenimiento. El sentido de la escritura no es la evasión, sino la comprensión y la comprensión acontece de forma privilegiada en la novela, un espacio de libertad donde confluye lo biográfico y lo impersonal, lo cotidiano y lo insólito, lo irracional y lo inteligible. No hay un Arquetipo que sirva de modelo, canon o referencia, pues la novela se reinventa a sí misma una y otra vez, extendiendo o acotando sus límites. En ese interminable proceso de reelaboración, la originalidad absoluta se perfila como una quimera. La originalidad no existe. “Ni en el arte ni en nada. Todo se construye sobre lo anterior. Los dioses griegos también eran híbridos y estaban infectados de religiones orientales y egipcias”. De alguna forma, se puede comparar la literatura con un cáncer, donde se multiplican las células de forma incontrolable. En esa proliferación o metástasis, surgen desviaciones que pueden interpretarse como anomalías. Esas anomalías representan una innovación, que se consolidará o desaparecerá en función de su poder de clarificación o disgregación. En la novela, se constituye y se destruye, se ensimisma y se objetiva, se recoge y se dispersa.

La literatura no puede ser objetiva. El escritor se confunde con el mundo en su litigio con la realidad. El artista no es un cronista, sino un sujeto que muestra la relación entre su conciencia y el mundo. “En un árbol de Van Gogh está de alguna manera, inevitablemente, su biografía”. La metáfora no es una filigrana del lenguaje, sino una herramienta de elucidación, que refleja la percepción subjetiva de lo real. La obra manifiesta la peculiaridad del escritor. En Borges, por ejemplo, se aprecia “la falta de vida y de fuerza”. Su admiración por los matones de suburbio, las sagas vikingas o las hazañas de sus antepasados como militares manifiesta un inadvertido desprecio por la rutina del escritor, donde las palabras apenas logran sustituir la dolorosa intensidad de una pelea en un callejón o el asalto de una ciudad fortificada. Borges ha compensado las insuficiencias de su vida, refugiándose en un concepto platónico de la literatura. Platón expulsó a los poetas de su Ciudad Ideal, pero Borges les atribuye el papel de demiurgos de una esfera independiente del mundo real, donde no se inmiscuye el tiempo, la muerte o la aflicción. La utopía de Borges no es política, sino estética. Frente a la imperfección de los hechos, la impecable geometría de las palabras ordenadas en un texto literario.

Sábato considera que este planteamiento es incompatible con la esencia de la creación artística. El arte no brota del Mundo de las Ideas, sino de los conflictos que afligen al ser humano en su devenir por la historia. “Lo digno de una gran literatura es el espíritu impuro”. Sábato formula los mismos argumentos que Ortega y Gasset cuando se enfrentó a las novelas de Gabriel Miró y Ramón María del Valle-Inclán. No hay que estar de acuerdo con su postura, pero es indiscutible que la forma no es la esencia del hecho literario. Cervantes y Dostoievski no se preocupan tanto del estilo como de infundir vida en sus personajes. Ortega y Gasset se equivocó con Gabriel Miró, que en Nuestro Padre San Daniel (1921) y El obispo leproso (1926) demostró una aguda penetración psicológica, y no advirtió el potencial de Valle-Inclán como creador de personajes con la profundidad necesaria para reflejar una época (Max Estrella encarna el dilema ético del artista que no se adapta a la sociedad burguesa y que intenta concertar ingenio, creatividad, estilo y compromiso). No hay nada de eso en Borges. El autor de Ficciones (1944) y El Aleph (1949) nos ha legado unos cuentos deslumbrantes, donde lo formal resbala por las grandes inquietudes del ser humano. El centurión de El inmortal no es un tipo humano, sino un concepto encarnado. Su infortunio es la metáfora de un miedo colectivo, pero no hay nada en el relato que manifieste una individualidad creíble.

Para Sábato, el escritor es un testigo. Ese papel no procede de su talento, sino de su “desgarramiento”. El escritor siempre deambula por los márgenes. En El sonido y la furia, Faulkner nos muestra la vida con los ojos de un idiota, recurriendo a artificios convincentes, como desordenar la sintaxis e ignorar la lógica y la razón. Sábato reconoce el valor del surrealismo, que indudablemente influyó en su célebre “Informe sobre ciegos”, pero deplora su transformación en escuela. Una vanguardia que postula lo subversivo y lo irreverente no puede convertirse en doctrina, sin destruir sus propios fundamentos. En la literatura interviene el sueño, la intuición, el misterio, lo incomprensible, lo místico y lo maldito. El poeta es un santo y un profanador, un asceta y un derrochador, un moralista y un pecador. El componente diabólico se aprecia nítidamente en Dante, Milton, Blake, Lautréamont. Dante pierde la inspiración cuando abandona el Infierno y continúa su viaje por el Purgatorio y el Paraíso.

Sábato no oculta su escepticismo hacia el estructuralismo aplicado a la crítica literaria. El arte es ontofanía, “revela algo”, busca al Otro para constituirse. “El arte, como el amor y la amistad, no existe en el hombre, sino entre hombres”. El acto creador significa descubrir lo desconocido en lo familiar y cercano. No hay materia deleznable. Lo banal se hace profundo, cuando el artista lo transfigura con su ingenio. “El creador es un exagerado” que exaspera el poder connotativo de las cosas. El creador hace que el mundo hable. El escritor y sus fantasmas es un ensayo personal, de fuerte componente autobiográfico, casi un diario. No hay que buscar en sus páginas revelaciones íntimas. En este caso, la autobiografía se despliega en forma de meditación sobre el arte, el hombre, la soledad, la muerte, Dios. La desaparición de Sábato nos recuerda la necesidad de la literatura y el arte. Escribir es un impulso humano, demasiado humano, donde se manifiesta nuestra debilidad, nuestro miedo, el deseo de absoluto y el temor a lo absurdo. Ernesto Sábato se ha marchado de este mundo sin ofrecernos ninguna respuesta definitiva. Sólo nos ha dejado preguntas. Ese gesto no es un testimonio de impotencia, sino la evidencia de una honestidad que declinó cualquier tentación dogmática. Sábato eligió vivir entre la incertidumbre y la esperanza, asumiendo que el ser humano nunca podrá hallar argumentos definitivos para disipar el pesimismo. |