Pedro Salinas Madrid 1891 - Boston 1951
“Cuando tú me elegiste... Cuando tú me elegiste -el amor eligió- salí del gran anónimo de todos, de la nada. Hasta entonces nunca era yo más alto que las sierras del mundo. Nunca bajé más hondo de las profundidades máximas señaladas en las cartas marinas. Y mi alegría estaba triste, como lo están esos relojes chicos, sin brazo en que ceñirse y sin cuerda, parados. Pero al decirme: “tú” a mí, sí, a mí, entre todos-, más alto ya que estrellas o corales estuve. Y mi gozo se echó a rodar, prendido a tu ser, en tu pulso. Posesión tú me dabas de mí, al dárteme tú. Viví, vivo. ¿Hasta cuándo? Sé que te volverás atrás. Cuando te vayas retornaré a ese sordo mundo, sin diferencias, del gramo, de la gota, en el agua, en el peso. Uno más seré yo al tenerte de menos. Y perderé mi nombre, mi edad, mis señas, todo perdido en mí, de mí. Vuelto al osario inmenso de los que no se han muerto y ya no tienen nada que morirse en la vida.”
Uno se plantea si habrá una epidemia de desamor.
Uno ha recibido últimamente la visita de algunos allegados rebosantes de desamor, con las autoestimas destrozadas y la tristeza esculpiendo todo su cuerpo. Se puede palpar el dolor que les atraviesa de arriba abajo, hasta los abismos profundos de desesperanza, próximos a los cuatro versos finales del poema de Pedro Salinas.
Cuando el desamor atrapa al ser entre egoísmos, el caos amenaza; los monstruos crecen para devorarle por dentro. Los dulces caldos de la ilusión, abiertos al roce cotidiano, se han picado de tal manera que avinagran las expresiones.
Qué puede hacer uno más que ofrecer un abrazo comprensivo, escuchar y respetar la tragedia ajena. Tragedia necesaria en su discurso vital para aprender a descubrirse, a través de lo que entrega y recibe de los demás.
Abierta la caja de Pandora a fuerza de recelos, cuando en el fondo no queda ni la esperanza, no queda otra que despedirse con toda la dignidad que los rencores lo permitan; repartir justamente lo acumulado en el tiempo compartido, restañar las heridas, asumir errores para no repetirlos en próximas relaciones y darse otra oportunidad. Como canta otro Pedro, Pedro Ruy Blas en uno de sus temas, “Solo aprendemos a amar con el tiempo. Solo aprendemos a amar cuando todo acabó”.
En todo caso, siempre es más esperanzador vivir solo, abierto a encontrar el amor, que vivir acompañado en una batalla permanente con un enemigo en la guarida. Si no la felicidad plena, la vida satisfactoria está a nuestro alcance. Tenemos derecho a aspirar a ella. Solos o en compañía complementaria y cómplice.
La soledad es otra opción a permanecer destruyéndose en una espiral de desprecios mutuos, con reproches permanentes y la desconfianza como escudo.
Lo terrible del caso es que escisiones tan delicadas, propias de finos cirujanos con bisturíes cauterizantes, los enemigos, en el hogar destruido, suelen hacerlas a tirones y mordiscos, para mayor perjuicio de sus cuerpos y de sus mentes.
El colmo del drama llega cuando hay criaturas por el medio que sufren los daños colaterales de las batallas intestinas. |