
ALONSO GUERRERO
Mientras en Túnez hacen la primera revolución democrática del mundo árabe, aquí escuchamos, en nuestro Topkapi pintado por Barceló, un hilo musical suave y sin estridencias que reproduce las melodías de la deuda pública, el incremento de la inflación, la pérdida de derechos laborales… La indolencia con que aceptamos pagar precios abusivos por la electricidad y la gasolina, después de aquella refundación del capitalismo que Sarkozy vio tan necesaria, parece que nos narcotiza. Nadie sale a la calle y, si sale, es sólo a fumar. El pueblo de Túnez se niega a aceptar que los partidos que fueron legalizados por Ben Alí monopolicen la transición hacia la democracia, mientras que aquí gente que ha malversado, o impedido la acción de la justicia, sigue sentada en los escaños y despachos públicos. Pasándose una barra de pan, ellos han conseguido lo que nosotros ni nos proponemos cada cuatro años.
Las comparaciones son odiosas, pero deberíamos mirarnos con la claridad suficiente, mientras escuchamos este hilo musical que repite las plegarias rezadas en los consejos de administración. Si a los tunecinos les suben el pan unos céntimos, al menos tienen la certeza de que esos céntimos van a parar al cajón del panadero, no a la cuenta de resultados de corporaciones con ventanilla en el infierno. Mientras ellos descubren la democracia, en Europa y España, pero sobre todo en España, la asumimos sin mucha conciencia de que sea una fábrica nacional, y autonómica, de Ben Alis. Aquí, la democracia no es el mejor de los males, sino la peor de las bendiciones.
Este es nuestro hilo musical, la melodía arcangélica que sale de los órganos de La Moncloa, de los fuelles de los sindicatos, y se transmite por todos los mentideros en que se discuten convenios colectivos. Estas son las letanías que llevan a los obreros de Nissan a aceptar contentos la bajada del sueldo porque “la Nissan es la que nos paga las hipotecas". A la vista de lo que pasa en nuestra democracia, deberíamos llevar a nuestros directivos, banqueros y políticos a los mercados de camellos de Túnez, para que aprendan modales, y europeísmo.
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