El pasado dos de enero entró en vigor la nueva ley sobre el tabaco, que viene a completar la que hace unos años puso en jaque a muchos fumadores porque afectaba al lugar donde se pasaban la mayor parte de su tiempo, y al que no tenían opción de decidir si iban o no: la oficina de trabajo. La nueva ley amplía las restricciones ahora a los bares y locales de ocio, a esos que sí tenemos la opción de ir o no, y a la hora que queramos.
Como ex fumador, no voy a entrar aquí en las razones que nos llevan en este campo a legislar de manera prohibitiva ni voy a hacer pronósticos si estas medidas mejoran o no la calidad de la salud de nuestra sociedad. Pero como ciudadano que ha de cumplir las leyes, las que le gustan y las que no (en especial las leyes fiscales de obligado cumplimento), sí que me gustaría pararme un momento y reflexionar sobre algunas conversaciones que he tenido que escuchar, sobre algunos mitos y tópicos que han ido llenando las horas muertas de los telediarios y de las páginas –cada vez menos periodísticas- de los diarios. Un alto en el camino que permita comprender algunas reacciones que me resultan incomprensibles.
La primera de ellas es la campaña orquestada por los establecimientos hosteleros contra la ley, y esas cifras astronómicas de pérdidas. No sé muy bien cuál ha sido el mecanismo para saber que en los primeros meses de entrada en vigor de la ley sus pérdidas van a ser millonarias. ¿Dónde vamos a ir a tomar café? ¿Dónde nos vamos a reunir, a salir y quedar con amigos?
Entiendo su malestar y su incomodidad cuando se aprobó la antigua ley, en que se daba la opción de ofrecer que se fumara o no en un determinado local a su propietario; entiendo el cabreo, más que justificado, de aquellos que, visto que si ponían el bar “libre de humos”, se quedaban también sin clientela, optaron por habilitar un espacio para fumadores, con el consiguiente gasto, que ahora es inútil (o doble, ya que ahora han de hacer una nueva inversión para quitar las mamparas antes instaladas)… la antigua ley, que ahora se ha reformado, no llegó a ser ni una cosa ni otra y todos salimos perjudicados. Entiendo que muchos bares que comenzaron “libres de humos” decidieron colgar después el carte del “Se permite fumar”, ya que la clientela tenía opción de elección, y, en muchos casos, se prefería no marginar a un amigo o a un compañero, antes que ir a uno de estos locales.
Pero, como digo, ¿y ahora que no tenemos elección? Ahora que todos los bares están libres de humos, ¿cuál es la elección que nos queda? ¿Quedarnos en la puerta de nuestra oficina fumando (pues en el interior tampoco es posible), abandonar el café, la copa o los encuentros con los amigos? ¿Cientos de millones de euros en pérdidas? ¿De dónde proceden los cálculos? ¿Piensan que varios miles de personas van a dejar de pisar los bares? ¿Acaso es que vamos a los bares a fumar… o a estar en compañía, a relacionarnos, a compartir?
En uno de los tantos reportajes con que se han abierto estos días los telediarios, una camarera, con buen criterio, decía que algunos de sus clientes fumadores que antes se tomaban varios cafés con su cigarrillo, ahora se toman solo uno y luego salen a la calle a fumar. Y seguro que tiene más razón que un santo… pero al mismo tiempo, en otra cadena, una mujer con su hijo de pocos meses ofrece su mejor sonrisa para felicitarse por la medida, porque ahora, por fin, puede quedar con sus amigas en el bar con su niño pequeño… ¿Acaso ella no consumirá ahora algo más que antes?
El otro día en una cafetería en Alcalá escuché la siguiente conversación mientras esperaba que me calentaran un croissant. El camarero, muy indignado con la medida, hablaba con una clienta que, en un alarde de ingenio, le había preguntado por la ley antitabaco. Hablaba, de nuevo, de que habían bajado mucho las ganancias, que ahora había menos clientes y, sobre todo, que lo peor estaba por llegar cuando viniera el buen tiempo y ya se pudieran poner terrazas, donde sí que se puede fumar. Y seguramente tiene razón y está bien visto el problema… pero, ¿por dónde pasa la solución?
Soy el primero que me aprovecho de las terrazas en verano (y también de los que he preferido la terraza con calor a estar dentro de un bar con su aire acondicionado por no aguantar el humo que había dentro). Es cierto que las terrazas son siempre una competencia de los bares que nos las tienen… pero lo ha sido siempre y lo seguirá siendo en el futuro. Quizás sea el momento de agudizar el ingenio y de ofrecer nuevas alternativas.
En los primeros días de la llegada de la ley, en esos días tontos de noticias después de fin de año, aún con la resaca y la mala conciencia de las cenas y comidas navideñas, la prensa, tanto escrita como televisiva, se volcó en la búsqueda de noticias… que había habido unas trescientas denuncias (cifra ridícula donde las hubiera), y en varios telediarios se repitió la misma imagen (¡y gran noticia!): que un bar del norte de España había decidido utilizar los ceniceros para poner las tapas del bar y que todos estaban encantados por sutituir la ceniza y las colillas por un apetitoso plato de garbanzos. O esa otra en que en otro bar daban mantas a sus clientes para que pudieran salir a la calle a fumar en la terraza. ¡Minutos de telediario que en publicidad serían miles y miles de euros para contar estas noticias, que se repetían por la mañana y por la noche!
Recuerdo una entrevista absurda: la reportera, con mucho entusiasmo, ha encontrado una gran noticia: en una terraza en Madrid al lado de cada mesa hay una mantita para poder protegerse del frío. La reportera se empeña en que esta costumbre que, como bien dice la dueña del local, la ha copiado de los bares del norte de Europa donde se hace desde años, le pregunta una y otra vez por esta solución al problema de la ley antitabaco, por el momento en que se le ocurrió, cómo ha conseguido aquel número de mantas… y la pobre dueña del local lo único que dice una y otra vez es que lo de las mantas ya hace años que lo hace, y que tiene que ver más con el frío que con la ley.
Y con este despliegue de medios y de publicidad, ¿quién no ve el chollo de ganarse una publicidad gratuita aunque sea incumpliendo la ley, con la consiguiente multa? Y así varios listos de toda España consiguieron varios minutos en la televisión en una publicidad gratuita.
Y mientras veía este derroche de estupidez periodistica, en busca de noticias donde no había noticias, me acordaba de una queja de Rosa Montero hace años desde su columna semanal, en que hablaba del despliegue informativo que se había dado a un grupo de jóvenes catalanes que habían quemado un retrato del rey (ahora con minúscula después de la reforma ortográfica de la RAE), que incluso llegó a abrir telediarios, cuando no era más que una chiquillada, mientras por otro lado se quejaba de la dificultad que tienen asociaciones –como la de defensa de los animales en la que ella participa- para que sus noticias lleguen a traspasar las redacciones de los periódicos o de los telediarios televisivos. Una verdadera vergüenza.
Entre las tonterías que nos imponen las agencias norteamericanas y la falta de rigor periodístico que cada vez se aprecia más en nuestros medios de comunicación, es que le dan ganas a uno de fumarse un cigarro, al menos por llevar la contraria a los tiempos que corren… y sumar con ello una noticia absurda a todas las que nos ofrecen día a día. |