PEDRO P. HINOJOS
En esta calle oscura y alfombrada con papeles y plásticos barridos por el viento, entre naves alargadas a un lado y farolas fundidas a otro, puede suceder cualquier cosa. O no ocurrir nada, que también. Durante el día hay algo de vida, entre el tráfico de camiones, cierto ir y venir en las aceras forradas de arbustos y algo de bullicio en un bar de comidas sin adornos.
Pero al poco de oscurecer, el trajín va desapareciendo, hasta no quedar rastro de presencia humana. Y la calle vuelve a quedar silenciosa y solitaria, como decenas o puede que cientos de calles alcalaínas más que se abren al norte, con las sierras nevadas al fondo. Muchas de ellas, la mayoría, no aparecen en el callejero, y no serán holladas jamás por la práctica totalidad de los vecinos.
Pero forman parte del término municipal como las que más, aunque carezcan de nombre; como mucho, poseerán un número o una clave en el plano escondido de algún burócrata sin nombre. Componen, en la práctica, otra ciudad trazada en líneas y ángulos rectos, con arreglo a las necesidades de las industrias, los almacenamientos y los transportes, hasta construir, con el paso del tiempo y los sucesivos planes de ordenación urbana, uno de los típicos laberintos que rodean a las ciudades modernas. Y así cada vez cuesta más saber dónde empiezan o terminan, cuáles son sus límites y fronteras y, en nuestro caso, qué se buscaba cuando comenzó a invadirse esta rampa interminable donde se sembraban cereales o florecía el pasto cimarrón hasta no hace mucho.
El mismo viento, tan helado ahora como abrasador en verano, sigue azotando esa calle desolada que cada vez conduce a menos lugares, porque cada vez se adelanta más la calma nocturna en ella. Pero continúa siendo un camino de paso. Bien para algún despistado o para los que busquen deliberadamente el despiste; bien para los pocos que la aprovechan como atajo. Y nada sucederá. O puede ocurrir de todo. Como encontrar un inesperado socavón inundado con las lluvias de todas las Navidades del que nadie se hará responsable, porque nadie cree en fantasmas. |