ETA es a la política lo que los trolls al ciberespacio: la violencia clandestina, la reivindicación de la identidad colectiva desde el ocultamiento de la propia, la agresión por la espalda, el envenenamiento ideológico, la ira barata, la persecución anónima y un ridículo sentido de presunta autoridad envuelto en capuchas y disfraces.
El troll se alimenta de la importancia que se le otorgue y sólo sobrevive allá donde su violencia taruga o su condescendencia energúmena encuentra una respuesta distinta al silencio y la indiferencia: como todo buen copófrago, obtiene combustible de las heces esparcidas por el incauto que les toma en serio.
Treinta años, mil y pico muertos y algunos errores después, algo debemos haber aprendido. Por ejemplo a no perder la compostura cuando alguien anuncia, a regañadientes, que nos perdonará la vida un tiempo para ver si entramos en razón. Una mala paz es peor aún que una guerra, decía Tácito, especialmente cuando son menos, más débiles y peores.
A lo sumo sólo cabe un único comunicado de respuesta, liviano, unánime, no renovable y colgado en los despachos de todo aquel -con porra, escaño o mazo- que cobre un salario del erario público. Diría, por ejemplo, algo así: "La democracia impone, regula y protege el derecho de admisión con el spam, el correo basura y los trolls. Pueden irse a orear el trasero a la cima del monte Igueldo de forma permanente, general y verificable".
Esta última palabra, en el comunicado etarra y en el apócrifo, es en realidad la más importante: los terroristas saben que nadie se fía; la política debe confirmarlo en público y cumplirlo en privado. No es tan difícil: se trata de tener, recordar y aplicar los principios más elementales. Llega con no echar de comer al troll.
Los asesinos no son comparables con nada ni con nadie. La sociedad tiene la obligación de no olvidar y en su caso y sólo a título personal perdonar.
Los etarras de mierda, nunca deberían haber tenido sitio ni publicidad desde que tenemos estado de derecho; debería haber muerto con la dictadura de franco, pero claro está el ciudadano esta desatendido y utilizado como una marioneta con el voto en la boca preparado para el momento oportuno.
Los trolls que usted denominan sólo tienen comparación con la actitud delincuente de nuestra clase política.