Más que en el manido protagonista del Cuento de Navidad de Dickens, a quien habría que elegir de la ficción para vislumbrar el 2011 en ciernes es al protagonista de la novela El Hacedor de estrellas y, más aún, a su peculiar autor, el hoy poco conocido pero muy reconocido Olaf Stapledon. Socialista a la vieja usanza, escritor cuarentón, ídolo de Borges y de algún modo padrino moral de todos los grandes de la ficción, desde Huxley hasta Wells pasando por Asimov o Bradbury, decía lo siguiente de su propio libro en un prefacio fácilmente trasladable a nuestro tiempo:
“En un momento en que Europa corre peligro de una catástrofe mayor que la de 1914, este libro podría considerarse una inútil distracción; la defensa del mundo civilizado contra el barbarismo moderno es hoy desesperadamente urgente.
Año tras año, mes tras mes, la situación de nuestra fragmentaria y precaria civilización es más y más grave. El fascismo es cada vez más temerario y despiadado en sus aventuras internacionales, se muestra más tiránico con sus propios ciudadanos, más bárbaro en su desprecio de la vida de la mente.
Aún en nuestro propio país hay razones para temer una reciente tendencia a la militarización y a la restricción de las libertades civiles. Pasan además las décadas, y no se da ningún paso decidido para aliviar la injusticia de nuestro orden social. Nuestro gastado sistema económico condena a millones a la frustración. (…) La crisis existe, y es de suprema importancia, y nos interesa a todos. ¿Hay acaso algún hombre inteligente e informado que pueda sostener lo contrario sin engañarse a sí mismo?".
La obra de Stapledon parte siempre de un presente amargo para buscar, con la ciencia como guía y la naturaleza emocional del ser humano como incentivo, “el futuro a largo plazo". Monstruos, galaxias, constelaciones, cielos, rayos y estrellas son el atrezzo del más viejo viaje del hombre en busca de sí mismo para un autor conmovido por la crisis de comienzos del siglo XX, conmovido por el coste físico para millones de ser humanos y asustado por las salidas que, entre tanta depresión, podrían buscarse. Y de hecho se buscaron: Hitler, Mussolini, Stalin y Franco amortizaron la frustración social y la transformaron en un salvoconducto para robar el alma a cambio de llenar el plato, finalmente vacío.

Mirando hacia atrás, apenas a ayer, no es difícil encontrar un caldo de cultivo social muy parecido: al drama del paro se le añade el hundimiento de la credibilidad política y, por vez primera en dos décadas, se teme tanto lo que ya pasa como lo que pueda quedar por venir. Nadie cree en nadie, se percibe un cambio de era de inciertas consecuencias, se teme el fin del Estado de Bienestar, se considera una locura hacer previsiones a medio plazo y casi se da por descontado que los efectos de este hundimiento se seguirán pagando durante lustros. Los chavales que hoy tienen quince años, por resumirlo de una manera gráfica, seguirán pagando las rondas cuando cumplan la edad señalada para tirar ellos del carro.
Sin embargo, 2010 deja algún resquicio a la esperanza: sin convicción, por necesidad y miedo; la política se ha visto obligada a dejar de jugar a los castillos para ponerse a trabajar en el fango. Zapatero no es ya el frívolo estudiante de instituto que se permite regalar los oídos en los pupitres a costa de hundir la escuela; sino el profesor zaherido consciente de que, puestos a morir, es mejor hacerlo enseñando matemáticas que alargando la hora de recreo.
Una simple disculpa por haber negado lo obvio, criminalizando con infinita irresponsabilidad a todo aquel que se lo señalara, otorgaría además una pátina de autoridad moral a lo que sólo es, desde la torpe reforma laboral hasta el cambio del modelo de pensiones, un movimiento reflejo fruto de la necesidad de respirar.
La combinación de paro, deuda, déficit, gasto público de la Administración en sí misma, retraso tecnológico, dependencia energética, demora educativa y ausencia de infraestructuras logísticas internacionales presagia un 2011 aún peor que 2010, pero también abre un ligero camino hacia la luz: como han tocado ya todo lo que puede tocarse a esa apaleada porción de la población que componen trabajadores y Pymes; ahora les toca apretarse el cinturón a quienes han apretado sin éxito todas las clavijas con tal de no perder su estatus propio.
Perdido casi todo en 2010, querido Stapleton, el viaje estelar de 2011 les toca a otros: puede ser hasta divertido, pero con seguridad será al menos rentable, ver cómo empiezan a sudar todos esos presidentes, ministros, alcaldes, rectores, diputados y agentes sociales. El año moribundo agotó las proteínas de los organismos pluricelulares sin carné ni plaza ni coche oficial. El recién nacido someterá a una cura de grasa al resto. Y no es descartable que, tras ese ajuste, casi todo lo que falla empiece a recuperarse.
“En verdad si esta experiencia, humanizadora en grado supremo, no produce, junto con una suerte de piedad ante el destino, la decidida resolución de ayudar al despertar de la humanidad, será sólo simulación y artimaña”.
Feliz año, pese a todo.
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