Es probable que haga falta el Estado de Alarma, pero es seguro también que se asemeja más al estertor de un Gobierno agotado que a la integridad de un presidente sólido: no había otra alternativa, claro, lo cual justifica tanto la medida como estigmatiza a su impulsor. Y confiere al boqueo la categoría de radiografía de toda una época.
Zapatero ha sublimado una neopolítica a medio camino entre la ocurrencia buenista y el despropósito ágrafo que, sin embargo, sonaba rompedora y digna de un capítulo en ese fenomenal ensayo sobre la música y la política del siglo XX que firma Alex Ross con el elocuente título de 'El Ruido Eterno': si en el libro se vinculan las grandes corrientes políticas con los nuevos géneros musicales en un matrimonio imperfecto; el pentagrama del presidente ha intentado consagrar el derecho a cambiar de clave, de instrumento, de partitura, de armonía y de banda sin que el público rechifle.
Y no era Mahler rompiendo conceptos clásicos para ayudar incluso al nacimiento del jazz, sino el tío de la zambomba con un pasodoble recurrente cuya letra bien podría decir "Ser de izquierdas consiste en coincidir conmigo, aunque yo mismo no lo haga siempre".
Por vez primera en mucho tiempo, el presidente intentar gobernar en lugar de contar batallitas de hoguera teenager en el crepúsculo del verano, pero si esa versión le acerca un poco al perfil que siempre debió tener, le aleja definitivamente del personaje por él creado, al que persigue como una sombra imposible ya de alcanzar.
 
Todo es música, pero en unos casos se pisa al bailar y en otro se danza en el aire
Casi hasta sería divertido, de no caer chuzos de punta, asistir al apabullante espectáculo que ofrecen casi a diario quienes ayer se batían el cobre rechazando la crisis, estigmatizando medidas, negando a Pedro y a su lobo y ahora; en impagable pirueta, buscan argumentos para respaldar la capciosa reforma laboral, la militarización del Estado de Derecho, la supresión de convenios colectivos, la congelación de las pensiones, la ampliación de la edad de jubilación o la desaparición de los ínclitos 426 euros.
En 1946, cuenta Ross en su deliciosa obra, el gran Charlie Parker tocaba el saxo con furia en un club de Nueva York cuando divisó, como el humo de la sala flotando entre el público, a Igor Stravinsky: de aquel cruce de miradas surgió una versión imposible y maravillosa de 'El pájaro de fuego', el célebre ballet del compositor ruso que narra el carácter redentor y condenatorio de un ave mitológica.
No siempre pasa así. Hay veces que, de esa simbiosis de miradas, apenas salen 'Los Pajaritos'.
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