ALONSO GUERRERO
No estamos preparados para la verdad. La verdad es como una operación de cirugía estética: no hay garantía de que vayamos a salir del quirófano con la misma salud, ni siquiera más guapos. Los políticos saben eso, y en un país como este, donde todo es política, montan un universo paralelo en el que se vota por fe, así que sólo es posible creer en la mentira. Nada de lo que se hace debe decirse, no porque sea impresentable, que lo es, sino porque es malsonante. Se invierte más en las apariencias que en la verdad, de modo que en la represión del Sahara sólo murieron terroristas, y los asesinos de José Couso siguen impunes porque eran extras de una película de Elia Kazan.
Diariamente, la verdad es pasada por la picadora de las apariencias, como en tiempos de Goebbels. Ya es posible, sin renunciar a la democracia, despreciar la justicia. Se recurre continuamente a la mentira, pues la realidad daría vergüenza. Nos sobrevivirá la vergüenza, igual que a Kafka. Quizá sea posible, contra lo que dice la Merkel, que aún seamos un país solvente, pero no es lo que indican las apariencias. Quizá Wikileaks diga la verdad sobre José Couso, que fue un crimen encubierto por el gobierno de su propio país. Esa verdad cala porque son las apariencias las que la sugieren.
En Haití la gente sigue muriendo, porque allí no hay manera de aparentar nada. Se socializa la deuda de los bancos porque su papel importa más que la dignidad de parados y pensionistas. Todo es promocional, todo forma parte de un decálogo de imagen. Dicen por ahí que hace unos días Esperanza Aguirre visitó un instituto público de Madrid. La Dirección pintó sólo los pasillos por los que ella iba a pasar, la hoja visible de las puertas que ella iba a cruzar. Se decoró, como un piso piloto, el aula que iba a visitar. El resto continuó siendo una cochera de alquiler. Hubiera bastado bajar una persiana para descubrir qué ayudas recibe la enseñanza pública, pero se optó por guardar las apariencias. Sólo ellas son aplastantes.
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