Cuando una información es cierta, interesante y relevante; hay muy pocas razones para silenciarla. En ese sentido, lo que hace Wikileaks en colaboración con cinco grandes diarios de todo el mundo es, simplemente, un ejercicio de buen periodismo. Las diatribas de todos los Gobiernos, y de buena parte de la clase política en general, no son tan fáciles de justificar: apelar gratuitamente a intereses de Estado para criticar la difusión de los documentos contenidos en el llamado ‘Cablegate' es fatuo si, a continuación, no se explica muy bien cómo y por qué daña a nadie.
Sólo cabe solazarse por poder entrar, siquiera durante un rato, en los secretos de alcoba de la política internacional, nada sorprendentes por otro lado: casi todo lo que se desvela o bien coincide con la opinión general sobre los dirigentes políticos más conocidos o bien descubre un alto grado de sentido común en los juicios sobre asuntos tan espinosos como Irán, China o las dos Coreas.
Pero también destapa otros usos que, no por previsibles, resultan menos escandalosos. Especialmente los referidos a España, aunque sólo sea por cercanía: es indignante constatar las presiones de Estados Unidos en temas tan delicados como Irak, Guantánamo o el crimen del cámara Couso; pero mucho más lo es constatar la condescendencia, cuando no la complicidad, del Gobierno español y de su judicatura. Los ejercicios de libertad, como el de Wikileaks, suelen tener por contrapartida una excelsa demostración de cinismo.
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