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| Don Marcelino y Halloween |
| por Antonio R. Naranjo |
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| VIERNES 29 DE OCTUBRE DE 2010 A LAS 15:08 HORAS |
| Opinión > Política |
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Al terminar la Guerra Civil, mi abuelo quemó el carné de UGT y, creo recordar, el del PSOE. Había sido conductor en el Ejército -"Yo no disparaba, y cuando tuve que hacerlo, cerraba los ojos"-, y aunque los recuerdos son borrosos, sí quedó un testimonio de aquellos años de plomo en su dificultad para hablar de política sin antes mirar a un lado y otro.
Mi madre es la única notaria veraz de aquellos tiempos de miedo y alguna hambruna, de cartilla de razonamiento en un Madrid arrodillado que comía gato y depositaba en el alma de tantos el espíritu amordazado de la buhardilla de Anna Frank, la niña metáfora de la mazmorra de cualquier Dictadura. Pero a los subalternos de la memoria nos queda el reflejo, aun deformado, de aquel tiempo de penumbra .
Abrió una imprenta en la madrileña calle Aranjuez, calzó el mono y usó las manos, y hasta el último suspiro se comportaba y hablaba como el obrero clásico: ingenuo, algo demagogo, un poco ciego, simple y maniqueo, pero tan genuino, noble y honesto que no necesitaba tener razón en todo para ganarse el respeto por todo esto. No hablaba del ahora, claro, pero sí tal vez del siempre.
Era un poco como Marcelino Camacho, pero obviamente sin el impulso, la oportunidad, el deseo, las ganas, la capacidad, el contexto o el talento para dedicarse a eso: había muchos así, de lágrima fácil y sincera con Felipe González; de gesto rudo y paternidad dolida; de perpetuos soldados involuntarios que caminaban acompañados siempre por una sombra y proyectaban otra a su lado.
No hacía falta estar de acuerdo en todo con el viejo sindicalista para encontrar en él la autenticidad que en tiempos tan ficticios es un tesoro y en otros tan remotos además era una esperanza. Casi todos estos abuelos y sus hijos -y unos cuantos del otro lado con los que establecían un mimetismo curioso al entender que de un modo u otro fueron víctimas- han sido decisivos para conformar el trozo de tierra civilizada que ahora pisamos; pero también, involuntariamente, para entregar banderas decentes a quienes las han ondeado luego como simples hinchas de fútbol.

La diferencia entre Camacho y Méndez, o Toxo, o Zapatero; es casi la misma que entre la Dictadura y la democracia, aunque la frase suene a exceso: de reclamar derechos universales en las tinieblas de la crisis moral, política y económica; han pasado a pelear por privilegios de casta envueltos en nobles enseñas, cánticos emotivos y eslóganes entrañables que acaban pisoteados por la impudicia que recubren.
La profesionalización de la izquierda, su carácter reaccionario, su incapacidad para transformar la realidad, su maniqueísmo manipulador y su sectarismo rezongón, de moqueta y egoísta ha vampirizado el espíritu de los marcelinos para transformarlo en un combustible de estricto interés gremial: el viejo líder de CC.OO peleó por cambiar una realidad en blanco y negro; sus herederos sólo luchan por evitar que cambie si en el viaje pierden un estatus que han logrado haciendo lo contrario de lo que dicen, por mucho puño alto que levanten con chaquetas de pana y jerseys de lana que les quedan cortos y grandes.
Niño, que llega Halloween, disfrázate de sindicalista, que el traje de don Marcelino ya se lo han quedado ellos. Descansen, abuelos, en paz. |
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| Comentarios |
| Trini |
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| miércoles 3 de noviembre de 2010 a las 18:44 horas |
| Yo creo que este último interviniente no se ha enterado de nada, pero nada de nada. |
| Donde estás Alkaldún |
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| miércoles 3 de noviembre de 2010 a las 15:18 horas |
Magnífico discurso, sí señor. Ahora resulta que la izquierda lo que hace es defender privilegios, no derechos. Es decir, que lo que, entre otros, consiguió Marcelino Camacho con su lucha como derecho ha pasado a ser un privilegio en manos de otros.
Mientras tanto, el capital a seguir enriquenciéndose y a seguir vendiendo la idea de que el resto, la mayoría, los currantes, somos los que tenemos la culpa de todo y no nos merecemos nuestros "privilegios".
Y lo peor de todo es que gente como usted, Señor Naranjo, se adhiere a dichas tesis. Qué pena que damos... |
| ANTONIO M. |
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| martes 2 de noviembre de 2010 a las 08:51 horas |
Lo del carácter sectario y manipuldor de "la izquierda" es una opinión que hombre yo no la voy a calificar de la misma manera pero podría. En su profesión hay bastante de ello.
Pero mire, en la derecha como poco..... también. Aunque sí es verdad que a ésta le cuesta poco quitarse la careta, no les hace falta disfraz, unos porque lo están pasando mal, otros porque no tienen el miedo de aquellos que fichan todas las mañanas y otros porque no tienen problema en tener 12 empleados a las 8 de la mañana y 10 a las 17,30, sin "necesidad" del más mínimo pre-aviso, ni consideración y se lo digo por experiencia ("afortunadamente") agena, y no le hable de hace 30 años, ni siquiera dos meses.
Sí que hay una calle Abogados de Atocha en Alcalá, por cierto, además de merecida (es una opinión), les aseguro que preciosa.
En lo demás comparto con ud. el post.
Un saludo. |
| uno dela muga |
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| martes 2 de noviembre de 2010 a las 04:16 horas |
Antonio R.Naranjo:
Un gran placer la lectura.
Recuerdo los balbuceos de la democracia española, los debates de la clave, las intervenciones de Camacho, con su cara curtida en las cárceles. Recuerdo su voz su coherencia y valoro su importancia en las conquistas de bienestar social y calidad de vida.
Gracias Marcelino, descansa en paz. Te lo has currado todo y diste la talla. ahora vacaciones eternas en Cruceros Caronte. Hasta la otra orilla. |
| Jose Manuel |
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| sábado 30 de octubre de 2010 a las 14:35 horas |
| Si proponen deddiacarle una calle de Alcala, ¿ también se opondrán los que se oppnían a quee le dedicaran una calle a las Victímas del Terrorismo, como lo hicieron los concejales de izquierdas ? Por cierto los abogados de Atocha sí tiene calle en Alcalá, es tonoles parece mal a la izquierda |
| Paula Ballesteros Santos |
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| viernes 29 de octubre de 2010 a las 20:38 horas |
| Con toda certeza, muchos de los que nombra en su alegato a la nobleza y sacrificio, seguramente no siempre acertados pero cargados de propósitos reivindicativos a repartir entre todos,le leerán con el agradecimiento de quien ya no entiende nada y piensa que de nada ha servido aquello. Saber que alguien valora la primera piedra que pusieron, justifica, aunque no entiendan, en lo que se ha convertido aquel tiempo en el que la ilusión y el deseo de justicia para todos, convertía sus vidas en algo transcendental y la escasez de pan pasaba a segundo término. Gracias en su nombre Sr. Naranjo, su abuelo dejó buena cosecha. |
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