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PEDRO P. HINOJOS.
La Puerta del Sol está teniendo durante los últimos días el reclamo singular de ver al pintor Antonio López pintando la puesta del astro rey. Son sólo unos minutos cada tarde, pero la presencia del menudo artista manchego convoca a decenas de admiradores de su obra, además de curiosos a la caza de un corrillo en el que agolparse. López dibuja unas marcas en el suelo, planta el caballete con el lienzo y mide la caída del sol entre la calle Mayor y la calle Arenal con la ayuda de pinceles y reglas.
Tras algo más de una hora de pinceladas, el artista se marcha entre las palabras cariñosas y alguna que otra ovación de la concurrencia, que se siente privilegiada por haber asistido a una lección magistral de pintura. Y algo de eso hay. El hábito de pintar al aire libre, lo que en arte se conoce como Plenairismo, ha quedado para los concursos de pintura rápida y las clases de plástica de los escolares. Muy pocos grandes maestros siguen en la actualidad una tradición que inauguró el coloso Diego Velázquez, cuando se adelantó en doscientos años a los impresionistas al dejarse llevar por los colores y los destellos luminosos de los jardines de la Villa Médicis de Roma.
El arte sigue hoy mayoritariamente los derroteros marcados por la abstracción y apenas hay lugar para el realismo robado directamente del paisaje y de la atmósfera al aire libre. López, sin embargo, continúa ajeno al canon imperante y a la competencia cada vez más feroz de las cámaras digitales y trabaja con el cuidado del artesano más meticuloso para crear sus estampas hiperrealistas. El de Tomelloso se sabe el último mohicano de una vieja escuela. Y se siente a gusto en ese papel, lo que entusiasma a su nutrida afición y revienta a sus detractores, que también los tiene, como no podía ser menos en el patio ibérico. Su gesto pasará, no obstante, a la pequeña historia del arte y a una pedrea de recuerdos personales que comenzarán con un “Yo vi pintar a Antonio López”. |