|
XAVIER COLÁS
La jugada ha sido magistral. Nunca unos degustadores de butifarra habían complacido a tantos vegetarianos sin tener que renunciar a su suculento manjar. La charcutería catalana es rica en colesterol y proveniente al parecer de cerdos suicidas que dejan escritas sus últimas voluntades antes de ver su carne embuchada y frita al cálido fuego de la cultura propia. Ni rastro de asesinato, pues.
Quisiera desde esta humilde columna felicitar a los toros por la abolición de la Fiesta en Cataluña, pues se trata de una victoria moral que les pertenece aunque de la que jamás llegarán a tener noticia por aquello de su eterna condición iletrada. Es un paso muy pequeño para un vitorino, pero uno muy grande para cualquier nacionalista catalán que aspire a que las reses mueran de causas naturales. Dice el gran Joaquín Sabina que nunca discute con los antitaurinos porque tienen razón. Así que no seré yo el que defienda el espectáculo, sangriento como la vida misma, emocionante para algunos y hasta un punto heroico para la mayoría... pero innecesariamente peligroso para los bípedos y cuadrúpedos que toman parte. Si se quiere prohibir fumar en los espacios públicos, ¿cómo se va a dejar torear, con el peligro que representa para la arteria femoral?
El caso es que como ahora los gays abrazan el matrimonio y a los del PP más anglófilos les encantan los toros, los ‘singles' que preferimos las pelis de Woody Allen con palomitas nos vemos obligados a elegir ente la enésima variante de sufrimiento animal y la impostura humana de unos "naci-onanistas" que se han tomado la revancha del cate del Estatut expulsando de su región una fiesta que, además de ser cruel, es algo peor: española. A muchos de ellos les gustaría fumarse un purazo en el tendido siete, aunque su sentido del saber estar les permitirá hacerlo en la primera fila del Liceo. La de cosas que hay que prohibir para que el pueblo te deje hacer lo que te apetezca.
|