Miguel Gallardo es, además de un gran ilustrador, un conocido dibujante de tebeos. Tiene una hija de quince años llamada María. María es autista y su padre dedicó un libro (María y yo) a reflejar su relación, singular por la dificultad para comunicarse, universal por ser un amor paterno-filial. La semana pasada se ha estrenado la adaptación cinematográfica homónima dirigida por Félix Fernández de Castro, galardonado creativo publicitario y hasta la fecha realizador de numerosos anuncios.
María y yo se articula en torno a unas vacaciones compartidas en Gran Canaria. Ambos pasan unos días en un hotel diseñado para que los turistas extranjeros puedan broncearse aislados asépticamente de los nativos. Después del final de su matrimonio, Gallardo vive a más de 2.000 kilómetros de su hija, distancia entre Barcelona y Las Palmas. De forma paradójica, como él mismo reconoce, a partir de la separación se ha hecho responsable por completo de su hija durante el limitado tiempo que puede compartir con ella, mientras que antes típicamente dejaba que todo el trabajo recayera en la madre de la niña, May Suárez. Como en el corto Foutaises (1989) de Jean-Pierre Jeunet, el narrador nos cuenta qué cosas le gustan a María (hacer listas de personas, los espaguetis, la arena de la playa, los papelitos de colores, pasear siempre por el mismo camino, nadar en la piscina, las fiestas, los dibujos de todas las personas que conoce que le hace su padre y que llenan libretas) y qué cosas no, ante las que grita.
Suárez y Gallardo reflexionan con inteligencia y serenidad sobre la evolución de sus emociones (el sentimiento de culpa inicial, el angustioso desconocimiento, la desesperada busca de diagnóstico, la abrumadora soledad, la aceptación ayudada por el amparo de otras familias, la insuperable alegría de ver los avances de María, el miedo al futuro). Con su actitud son un ejemplo de que es importante lo que nos pasa, pero es mucho más importante cómo reaccionamos ante lo que nos pasa. En esa reacción son de gran ayuda la paciencia y el humor. Gallardo no deja pasar ocasión de bromear sobre su nariz superlativa o de mencionar que posee la habilidad contraria a la de su hija: olvidar los nombres de todas las personas que alguna vez ha conocido. Los fundidos de fotos de María y de su padre cuando eran niños son conmovedores con una fuerza que no pueden proporcionar las palabras.
Aunque no es un documental sobre el autismo y los T. E. A. (Trastornos del Espectro Autista) sí que se proporciona información sobre los efectos (sobrecarga sensorial al procesar los estímulos externos) y las respuestas (encerrarse en sí mismo, buscar alivio en tareas repetitivas) de esta discapacidad. En la sesión a la que asistí había alrededor de cincuenta personas; está lejos de los tres millones y medio de espectadores de Ágora, pero no está nada mal para un documental así. Si la ven y están registrados en IMDb, voten porque aún (escribo esta versión digital a las once de la noche del 22 de julio) no ha llegado a los cinco votos.
Grados de separación. Aunque seguro que para él es mucho menos importante que ver la cara de alegría de María cuando ella nota que le asombra por su memoria, Miguel Gallardo es uno de los principales historietistas españoles desde la segunda mitad de los pasados años setenta. Creó junto con el guionista Juan Mediavilla, a partir de la adaptación de un relato de Felipe Borrallo, el universo de Makoki, personaje que huye de un frenopático para vivir al límite con la Basca, el lumpen barcelonés más gamberro y tirado. El magnífico oído de Mediavilla para la jerga callejera y el dinamismo, la densidad y el polimorfismo del dibujo de Gallardo conforman una obra de una frescura salvaje tan divertida y desinhibida que hoy sería impensable (como lo sería, en otro ámbito, el Laberinto de pasiones de Almodovar). Pero Gallardo no es sólo la línea chunga (¡qué tiempos en los que Ludolfo Paramio y Javier Coma discutían sobre Hergé en el insustituible programa de la televisión pública y única La edad de oro!). Es también el autor de Pepito Magefesa, tan libre como cargado de referencias; de Perro Nick, un festín de color y sueños; o de Un largo silencio, la historia de su padre, soldado del Ejército de la República, contada por él mismo después de 1975. (Nunca llegaremos a ver Krasny Bor). Con todo, mis favoritas por lo mucho que me siguen haciendo reír son Perico Carambola, o el repórter Tribulete en los tiempos de Tómbola, y Roberto España y Manolín. En defensa de la democracia, o la subversión hecha carcajada. El guión de ambas es de Ignacio Vidal-Folch. |