Sustitutivos
por Fernando Couto

VIERNES 9 DE JULIO DE 2010 A LAS 20:58 HORAS
Opinión > Cultura
 
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Desde Nadie sabe (2004) los largometrajes del director japonés Hirokazu Kore-eda se estrenan regularmente en España con cierto éxito. Su obra más reciente es Air Doll (2009), una adaptación, al parecer bastante libre, del manga de Yoshiie Goda The Pneumatic Figure of a Girl.   


Al principio vemos al proverbial hombre solitario de mediana edad que al volver por la noche del trabajo hace la compra en el combini de su barrio. En su apartamento cena y monologa con una muñeca hinchable vestida de sirvienta y después se acuesta con ella. Pero a la mañana siguiente la historia gira por completo y lo que parecía una actualización de la claustrofóbica y afligida Tamaño natural (1974) de Berlanga, se convierte en una variante urbana y oriental de Pinocho. Nozomi, que así se llama la muñeca en recuerdo de la antigua novia de su propietario, sin que ni ella sepa cómo, obtiene  un corazón y cobra vida. A partir de ese momento lleva una doble vida: por el día recorre las calles del distrito de Chuo en Tokio, junto a la ribera y los canales del río Sumida, y por las noches regresa a su papel inanimado. Se relaciona con algunos vecinos y empieza a trabajar como dependienta en un videoclub donde traba amistad con un joven compañero de trabajo, Junichi.    


Nozomi (esperanza o deseo) siente gran curiosidad por los humanos y va aprendiendo palabras cuyo significado desconoce, como poema, cumpleaños o envejecer. No tarda en descubrir que tener corazón es una experiencia desgarradora, pero a la que no se puede renunciar. Hay varios detalles que provocan una sonrisa (la zanahoria, las costuras de las medias) y en todo momento la actriz coreana Du-na Bae, a la que se pudo ver en la terrorífica y divertida The Host (2007) de su compatriota Joon-ho Bong, está perfecta para expresar la inocencia infantil del personaje. Probablemente la ayude en su aislamiento el hecho de ser extranjera en un reparto completamente japonés.    
   

Kore-eda quiere dejar claro que los seres humanos no podemos llenar nuestras vidas solos porque necesitamos a los demás y la idea queda clara pronto, por lo que la parte final se prolonga en exceso, con sueños de Nozomi y varias viñetas algo tópicas que muestran la proverbial soledad de los deshabitados y huecos ciudadanos que han ido cruzando sus caminos con Nozomi y que parecen haber extraviado su humanidad. Con una abundante población que envejece y vive sola no parece coincidencia que Japón sea el país del mundo con mayor número de robots y que éstos sean vistos allí de forma diferente a la de Occidente.


La fotografía del taiwanés Mark Ping-Bing Lee, como destaca el propio Kore-eda, hace justicia a la belleza nocturna de Tokio y, a pesar de sus movimientos de cámara, no resulta invasiva o exhibicionista. La ecléctica y fluida banda sonora de World's End Girlfriend crea atmósfera y realza Air Doll.

Grados de separación. El preguntarnos qué nos hace humanos debe de ser tan viejo como la propia especie. Durante este inolvidable mes de julio viene a la memoria lo que escribió el imprescindible Albert Camus: “Porque, después de muchos años en que el mundo me ha permitido variadas experiencias, lo que más sé, a la larga, acerca de moral y de las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol.” El fútbol es un deporte de equipo en el que aprendemos la importancia de los demás, aunque deja sitio para la brillantez y la hazaña individual. Como todo lo que rodea (salarios desorbitados, presidentes fatuos, saturación mediática, prensa específica, sectarismo rupestre) a ese espectáculo deportivo llamado futbol profesional oscila de lo estomagante a lo repulsivo, es comprensible que a los que no hayan jugado o no les guste este deporte lo aborrezcan. Pase lo que pase el domingo, su tortura llega a su fin. Para los futboleros sería bueno que recordáramos que hay que saber perder, hay que saber ganar y hay que saber que, aunque es meridianamente preferible la victoria a la derrota, ambas situaciones no pasan de ser epifenómenos, como muestra la historia de Obdulio Varela,  que Enric González ilustra de manera inmejorable. Un ejemplo de lo que Jean Daniel, con la precisión, elegancia y pasión por la razón sólo posible para un compatriota de Descartes y Montaigne, dijo que debería ser escribir para el público: "La información decisiva consiste, en primer lugar, en la apuesta apasionada según la cual es posible interesar al lector y conseguir su fidelidad haciéndole pensar y, sobre todo, entreteniéndole sin halagar nunca su gusto por la pereza y la vulgaridad".

 


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