"Hay mucha gente que cree
que el fútbol es un juego
a vida o muerte. En realidad,
es mucho más importante".
Willian Shankly
Entrenador inglés
El despliegue textil rojigualda en balcones, coches y escaparates ha sido una especie de outing colectivo, una salida de armario global para exponer ante el mundo y a uno mismo la condición orgullosa y en todo caso inevitable de pertenencia a un país.
El emocionado y cómplice reconocimiento general al Barça como padrino de un modelo de juego, de unos valores de equipo y de apego a unos colores resume la minúscula distancia que hay entre banderas presuntamente opuestas cuando quienes las encarnan anteponen lo mucho que une a lo poco que separa.
El patético contraste entre la pujanza de estos chicos sin complejos, pero también sin excesos, y la mediocridad de quienes en el ámbito político conforman la Selección que juega el partido de la vida en España es tan abrumador como elocuentes son las consecuencias antagónicas de ambos discursos.

Lo que logra el fútbol, lo destruye la política. Sin ponernos estupendos, es obvio que todo comportamiento público encierra un mensaje pedagógico y que el de Del Bosque y sus muchachos está tan cargado de buenas intenciones, de trabajo, de sacrificio, de convicción, de humildad, de talento y de ganas como lo está de todo lo contrario la actitud guerracivilista, artera, enconada, mediocre y mentirosa de Zapatero y de Rajoy.
Tras ganar el Mundial, sería bueno que Iniesta y compañía, bajo la atenta mirada de su entrenador, le dijera al presidente mirándole a la cara, en la posible recepción oficial en La Moncloa, algo así como: "Oiga, ¿y si empiezan ustedes a jugar un poco al fútbol?".
Cuando Camus decía que este curioso juego ancestral le había ayudado a aprender todo lo bueno y todo lo importante de la vida, estaba intentando evitar que, una vez terminado un campeonato, España volviera a dividirse en dos bandos. |