Bastante tiempo antes de su muerte el pasado 29 de mayo a los setenta y cuatro años de un cáncer de próstata, Dennis Hopper ya formaba parte de la historia del cine.
Si hubiera muerto a los veinticuatro años, como su amigo James Dean, apenas sería recordado como un joven actor secundario con pequeños papeles en Rebelde sin causa, Gigante, o Duelo de titanes. Si hubiera muerto a los treinta y siete años, como su también amigo Sal Mineo, otro de los participantes en la muy mitificada Rebelde sin causa, su filmografía hubiera aumentado con muchas apariciones en series de televisión y en producciones de todo tipo: desde la inolvidable y resultona La leyenda del indomable (1967) hasta la crepuscular Valor de ley (1969), pasando por Cometieron dos errores (1968) en la que moría casi antes de que empezara la película, o por Planeta sangriento (1966), una de vampira alienígena para la que no habría letra en el alfabeto si hubiera que asignarle una a su estándar; con decir que las escenas de naves espaciales están bajadas sin siquiera acreditarlo (no en vano figura Roger Corman como uno de los productores ejecutivos) de películas de ciencia-ficción soviéticas. Pero sobre todo Hopper habría añadido, a su carrera de actor, dos obras como protagonista y director, la primera de ellas Easy Rider (1969), un auténtica bandera generacional premiada en Cannes que marcó una época por su tema y protagonistas (jóvenes delincuentes que recorren drogados y en moto el oeste estadounidense); por su, entonces novedosa, banda sonora formada fundamentalmente por temas rock y pop contemporáneos y por su forma de producción, casi artesanal y sacada adelante por el empeño de Peter Fonda, coprotagonista, coproductor y coguionista. Como suele suceder con las películas-bandera, el tiempo ha desgastado el valor de Easy Rider, estrenada en España como Buscando mi destino, quizá para tratar de transfundir algún propósito a un viaje que sin duda era solo de ida. Resulta tan desmedida como el tiempo que retrata, que visto ahora parece de una rebeldía más epidérmica que peligrosa para la sociedad. (¿En qué anuncio usaron después el Born to Be Wild de Steppenwolf?)
Pasados sus cuarenta años, además de la dirección de la interesante Colores de guerra (1988), se concentran las mejores interpretaciones de Hopper. Su intenso y destemplado Ripley en El amigo americano (1977) de Wim Wenders, que no tiene nada que ver con los de Alain Delon en A pleno sol o Matt Damon en El talento de Mr. Ripley. Posiblemente por la mitomanía de cinéfilo europeo del director, Hopper compartía cartel con los también directores Samuel Fuller y Nicholas Ray, que había dirigido a Hopper en Rebelde sin causa. También han quedado para la historia su fotógrafo convertido en notario y hagiógrafo del demente coronel Kurtz en Apocalypse Now (1979) y su padre alcohólico y acabado en La ley de la calle (1983), ambas a las órdenes de Coppola. Y el que es el personaje más emblemático de la carrera de Hopper: su terrorífico y repulsivo psicópata en la turbadora, surrealista y hermosa Terciopelo azul (1986) de David Lynch. Después repetiría casi hasta la autoparodia villanos desquiciados (Speed, Waterworld). También hay que mencionar un breve papel, apenas un par de escenas, en Amor a quemarropa (1993) de Tony Scott, en el que plantaba cara con aplomo y humor al gánster interpretado por Christopher Walken, en una demostración del talento que posee Quentin Tarantino para escribir diálogos originales, esta vez al servicio de la historia narrada.
Grados de separación. Como la historia del cine es relativamente reciente su institucionalización a través de museos no alcanza el nivel de otras artes. Por ello son más relevantes aquellos museos dedicados en exclusiva a él, como el maravilloso Museo Nazionale del Cinema de Turín. Ubicado desde el año 2000 dentro de la Mole Antonelliana, una torre de de 167 metros de altura que es el edificio más visible de la capital piamontesa, combina con equilibrio perfecto la erudición, la mitomanía, la pedagogía y la diversión. Posee salas sobre fundamentos físicos de la visión, sobre arqueología del cine y sobre los distintos oficios que intervienen en una producción, ilustrados con fragmentos de obras cinematográficas que van desde El desprecio de Godard a Matinee de Joe Dante. Además de contemplar fotos, documentos, bocetos de vestuario y decorados, elementos de atrezo y objetos personales (un sombrero y una bufanda de Federico Fellini, unos zapatos de Marilyn Monroe), se puede pilotar un caza espacial o intervenir en una escena de Matrix. Su colección exhaustiva de carteles de cine desde el mudo se puede ver toda virtualmente al no haber espacio para exponerla completa. Para disfrutar al final del área del templo dedicada a los géneros (negro, animación, horror, western, musical, melodrama) con escenarios que representan distintas épocas.
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