Eurovisión es un apaño y un fraude rodeado de boato caro que, año tras año, confirma su degradación: cuando algo técnicamente incierto resulta previsible, la sospecha se convierte en certeza y se alcanza una única conclusión versosímil.
Hay tongo: no gana el mejor, sino el que más interesa a la organización por razones económicas o, en el mejor de los casos, por mera amistad geográfica. Si a estos inconvenientes se le añaden otros intolerables, lo extraño es que el representante español, en este caso nuestro vecino Daniel Diges, no quede el último. Y eso fue lo que sucedió: el boicot de un clown profesional, que ha hecho de un comportamiento vandálico impune una forma de vida, añade una gota final de bochorno a los promotores de Eurovisión, que además de promover un festival cuyo resultado se conoce antes incluso de celebrarse, son incapaces de garantizar el desarrollo normal de la función.
Dani Diges desarrolló una actuación soberbia de una canción espléndida en unas circunstancias muy adversas, lo que en teoría merecía la victoria, pero no pudo pasar de un meritorio décimoquinto puesto que sabe a medalla de oro. El artista fue un héroe, y sus vecinos debemos reconocerlo y premiarlo como merece. Pero el país al que representa no puede cruzarse de pies y brazos ante la tropelía, que excede del ámbito folclórico o lúdico: allá donde se represente a España, defender que se haga en igualdad de condiciones es una obligación. Urge protesta formal, pues, al más alto nivel posible.
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