Tintín en el Congo y un guardia civil en la selva
por Vicente A. Serrano

JUEVES 20 DE MAYO DE 2010 A LAS 12:06 HORAS
Opinión > Cultura
 
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De un par de años a esta parte Mbutu Mondongo Bienvenu está consiguiendo tambalear uno de los pilares más sólidos de la cultura belga, porque Tintín, junto a Jacques Brel, Simenon, Delvaux y Magritte simbolizan desde el pasado siglo, las prestigiosas esencias nacionales, exportables como su mejor imagen hacia el exterior. Mbutu, ciudadano belga de origen congoleño, denunció hace dos años a la sociedad gestora de los derechos de la obra de Georges Remi, más conocido como Hergé, por el contenido racista y xenófobo de uno de sus álbumes, en concreto el titulado Tintín en el Congo, protagonizado como es natural por aquel dinámico reportero de tupé rubio, pantalones bombachos y edad indefinida que sin escribir un solo artículo, ha logrado entusiasmar con sus aventuras, a lo largo de setenta años, a los jóvenes de todo el mundo. En Inglaterra la Comisión para la Igualdad Racial ya pidió en su día que se prohibiera la venta de ese álbum. Las sociedad gestora del legado Tintín está dispuesta a llegar hasta el Tribunal Europeo de Derechos Humanos porque consideran que: “se está atacando al símbolo de Bélgica". Mientras tanto el querellante sigue manteniendo que “ni los niños belgas ni los congoleños deben estar expuestos al contenido ofensivo de esa obra, llena de estereotipos humillantes, propaganda colonizadora y paternalismo para con los personajes negros". La polémica está servida.

La sombra de fantasma del rey Leopoldo es alargada
Quienes se hayan estremecido con lecturas como El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad o más recientemente con El fantasma del rey Leopoldo, comprenderá mejor las firmes motivaciones que han llevado a Mbutu a enfrentarse con la poderosa industria Tintín. Este último libro, escrito por Adam Hochschild y con prólogo de Mario Vargas Llosa, fue publicado en nuestro país hace algunos años por la editorial Península. Vargas Llosa en sus páginas compara con el Holocausto judío, el brutal saqueo llevado a cabo en el Congo, a finales del siglo XIX por el Rey Leopoldo II de Bélgica que dejó tras de sí una estela de más de diez millones de cadáveres y sin embargo pasó a la historia como un monarca humanitario, piadoso y profundamente religioso. En la Conferencia de Berlín de 1885 se otorgó aquel inmenso territorio centroafricano a Bélgica, un país 80 veces menor. En pocos años el rey Leopoldo se convertiría en uno de los hombres más ricos de todos los tiempos. Consiguió esquilmar y destruir aquel fértil territorio en menos de un cuarto de siglo. Como homenaje a tal proeza hizo construir en Tervuren, un pequeño pueblecito belga, un inmenso jardín botánico y el monumental Museo del Congo, hoy rebautizado más políticamente correcto como Museo Real del África Central. En sus salas confiesa que se inspiró el entonces joven Hergé para realizar el que sería el polémico segundo álbum de la serie, publicado en 1930. En la versión en color de 1946, con cierto complejo de culpa, trató de dulcificar algunas expresiones claramente racistas y colonialistas, tachándolas de “error de juventud", pero el álbum sigue hiriendo, con razón, el orgullo de muchos. Debo confesar, como ferviente lector en mi infancia de las aventuras de Tintín, que en concreto Tintín en el Congo no me produjo en aquellos años rechazo alguno. No podía ser de otro modo porque  cómo podría discernir entre aventuras y racismo un crío al que los Maristas sacaban el Día de la Raza a postular para el Domund portando la cabeza de un negro de porcelana con una raja en la cabeza por la que había que echar calderilla para la salvación de sus almas.

Un guardia civil en la selva
Muy cerca de El Corazón de las Tinieblas se encontraba la Guinea Continental Española, un territorio que fue recuperado por España en el tratado hispano-francés de París en 1900. Aquellos eran malos tiempos para los afanes colonialistas de un país que sólo dos años antes había conocido la ‘deshonrosa' pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Una diminuta posesión en el corazón de la selva africana que ni siquiera llegó a interesar a la ambición de Alfonso XIII, más enfangado con la Guerra del Rif. Tal vez por eso la prensa fue incapaz de prestar atención en aquellos años al trágico destino de clanes locales como los fang y sobre todo los osumu que fueron exterminados en uno de los más crueles genocidios que se recuerdan en el corazón de África. Los libros de historia vergonzosamente pasaron página. El antropólogo Gustau Nerín consiguió desbrozar, hace unos años, parte de la documentación perteneciente a las colonias en África, que a finales de los setenta se depositaron en el Archivo General de la Administración de Alcalá. El resultado de aquellas investigaciones se ha visto reflejado en un libro publicado hace unos meses por la editorial Ariel con el título de Un guardia civil en la selva. Si Joseph Conrad hubiese conocido la biografía del teniente de la guardia civil, Julián Ayala Larrazábal, habría encontrado a Kurtz, aquel Marlon Brando de Apocalipsis Now, como un personaje tibio frente a la ambición, crueldad y falta de escrúpulos de este oficial formado en la Academia de Toledo que en el verano de 1917 decidió embarcarse con rumbo a la Guinea profunda y que a lo largo de casi tres décadas practicaría el robo, la extorsión, el trafico de esclavos, el desvío de fondos públicos, el asesinato indiscriminado y hasta el genocidio en el interior de la selva de Río Muni, todo ello con el beneplácito del general Nuñez de Prado, corrupto gobernador de aquellos territorios que llegaría a amparar sus crímenes y a condecorarlo ante la ceguera del gobierno central durante la Monarquía, la Dictadura de Primo e incluso la República y el consentimiento de los padres claretianos, evangelizadores de la zona que consideraban a aquellas gentes: “...más como entes irracionales que como seres humanos (sic)".

Cuando se mira hacia África
En 1968, Manuel Fraga Iribarne, al entregar la Guinea al dictador Francisco Macías, no se ruborizó siquiera al proclamar en su discurso que: “...la colonización fue para nosotros una cuestión de alto ideal. Aportamos generosamente un gran bagaje de civilización cristiana, sin prejuicios de razas, respetuosa con las tradiciones de los pueblos... España se cuidó de sembrar a su paso la semilla de la civilización y de la cultura moderna, el orden, el trabajo y el respeto hacia el hombre y su dignidad". ¿Cómo debemos sentirnos cada vez que miramos hacia África?

La recomendación: Ébano
A pesar de la controversia surgida en los últimos meses alrededor de la figura del gran escritor polaco Ryszard Kapuscinski, sigo pensando que Ébano (Anagrama), resulta lectura imprescindible para enlazar con Un guardia civil en la selva. Con toda probabilidad no alcanzaremos a entender la compleja realidad del continente africano, pero intuiremos lo que ha sido el antes y el después del colonialismo, porque tras el rey Leopoldo y el teniente Ayala, llegarían con la independencia personajes no menos siniestros, como Idi Amin, Mobutu o Macías.


Comentarios
B. Verdi
jueves 20 de mayo de 2010 a las 22:42 horas
Expolios, saqueos, genocidio... Con todo lo que hemos hecho en África y qué decir en Sudamérica no me extraña que haya caldo de polémica. No me sirve que Tintin sea un personaje emblema de la cultura belga y esa vil excusa sirva una vez más para disfrazar la verdadera esencia del colonialismo. ¿Cómo hemos podido creer durante tantos años que esa especie de proteccionismo de una nación sobre otra era inofensiva? Vamos, verdaderas patrañas que nos ha colado el cine, la literatura, el Domund. Si Tintín ha sido racista en alguna ocasión pues tendrá que asumirlo, por muy patriota belga que sea. Tiene razón Mbutu. ¡Viva el Congo libre!
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