Sir Wiston Churchill dejó escrito que “el precio de la grandeza es la responsabilidad”. Transcurrida la barrera, diplomática y generosa, de los primeros 100 días de gracia (en realidad, hoy ya son 119), llega el momento de hacer un examen ajeno ‘de conciencia’ para que propios y extraños puedan dilucidar si el rector de la Universidad de Alcalá, Fernando Galván, ha demostrado en su arranque de mandato esa “grandeza” o si, por el contrario, su ‘magnificencia’, la que le viene, en principio, dada por el cargo que ostenta desde el pasado 23 de marzo, se ha empequeñecido por el ejercicio del poder.
Como antesala del resumen de este comienzo de periplo al frente de la Cisneriana, puede resultar muy útil realizar un ejercicio de memoria hemerográfica y recordar tan sólo tres frases que Galván pronunció en plena campaña electoral y cuyo contraste con la realidad posterior constituyen un elemento de juicio insoslayable para aquellos que dentro y fuera de la UAH se vean legitimados para emitir su propia sentencia.
La primera hace referencia al propio ejercicio del poder: “Yo quiero contar con muchas personas, voten a quien voten”; la segunda, a la gestión de los dineros públicos: “Nuestra fuente principal de financiación es la Comunidad de Madrid y debemos hacer todo tipo de esfuerzos para mejorarla. Pero también hay que se realistas y ver que pasamos por una situación económica muy complicada en España”; y la tercera alude a lo que se espera de todo aquel que haya obtenido la confianza de la comunidad universitaria para ocupar el trono de Cisneros: “Mi compromiso con la ciudad de Alcalá es total”.
La primera decisión de Fernando Galván fue, lógicamente, la formación de su gabinete. En su discurso de investidura el rector afirmó que su composición obedecía a sus propios “compromisos” con la Universidad. ¿Con la Universidad o con ciertos sectores de la misma?, se llegaron a preguntar muchos al comprobar que al Magnífico de Alcalá, que había prometido “integrar” a sus opuestos, no tuvo que ir muy lejos para encontrar a sus vicerrectores. Los tenía a casi todos en su lista electoral de apoyos. Y con sorpresa: le otorgó la cartera de Calidad e Innovación Docente a Leonor Margalef, la esposa del director general del CIFF, Daniel Sotelsek, el gran muñidor en las sombras de la victoria electoral de Galván y que hizo decir a algún que otro candidato que el fantasma de “la corrupción” había logrado imponerse en la UAH.
Una vez con su ejecutivo conformado, en la libreta de tareas figuraba, como uno de los grandes retos del nuevo rector, la de recomponer las relaciones, algo maltrechas, entre la Universidad y el Ayuntamiento. Había que mejorar, en este sentido, la herencia de Virgilio Zapatero. El alcalde, Bartolomé González, entendió que la llegada de Galván podía limar asperezas pasadas, estrechar los lazos entre ambas instituciones y desbloquear temas tan cruciales para la ciudad como la reforma de los Cuarteles. Galván se mostró de acuerdo: cualquier solución era buena siempre y cuando la UAH no tenga que tirar de chequera.
Pese a esta declaración de intenciones, más de tres meses después, y con las vacaciones de verano más en el horizonte que nunca, el asunto parece seguir empantanado, hasta tal punto que la falta de avance ya comienza a causar escoceduras en ciertos ámbitos del Ayuntamiento.
Guadalajara. Tras reunirse con el regidor complutense, se esperaba que la segunda gran cita de Galván fuera con la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre. Una vez más, Galván volvió a sorprender, recibiendo en casa al jefe del Ejecutivo castellano-manchego, José María Barreda. La reunión sirvió para dar el plácet casi definitivo al proyecto del nuevo campus de Guadalajara y para anunciar nuevos estudios de la UAH en la capital alcarreña: Comunicación Audiovisual y Traducción e Interpretación.
La aventura alcarreña de Galván provocó una primera llamada de atención: la del alcalde, que recordó al rector el adn netamente complutense de la Cisneriana. Y un primer enfrentamiento institucional, en este caso con la Comunidad de Madrid. El detonante fue la participación de Galván en un chat de El Pais. En su conversación on line Galván dijo: “¿Cómo rechazar una oferta de este tipo”? Se refería a los 100 millones de euros comprometidos por la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha para la construcción del nuevo campus. El problema es que Galván contrapuso la generosidad de Barreda a la tacañería de Aguirre, a la que acusó de recortar “drásticamente” el presupuesto de la CAM para la UAH.
La respuesta de la Real Casa de Correos no tardó en llegar: desde la Consejería de Educación recordaron a Galván que la CAM ha gastado más que nunca en la Cisneriana a pesar de perder alumnos desde hace años.
Mientras esto ocurría en el frente exterior, en el interior, Galván hacía y deshacía a su antojo en las estructuras de poder de la Universidad de Alcalá. Aprovechó su primer Consejo de Gobierno (29 de abril) para transformarlo a su imagen y semejanza. Tras echar a su gran rival en las urnas, Manuel Peinado, el rector logró concitar el 35% del voto en este órgano consultivo, nombrando a sus más incondicionales: además de sus vicerrectores, introdujo en el Consejo a otros miembros de su lista de apoyo, entre ellos al propio Sotelsek.
Las purgas no sólo fueron exclusivas del Consejo de Gobierno. Galván también movió fichas en otros entes y departamentos de la Cisneriana. En la Fundación General de la UAH, que tiene entre sus funciones conseguir dinero privado para la Universidad, se libró e Arsenio Lope Huerta, al que sustituyó por otro abajofirmante, el ex director de la Escuela Politécnia Superior, Francisco López Ferreras. Otros cadáveres en el armario de la temprana gestión de Galván son, por ejemplo, la ex delegada del rector para la Unidad de Igualdad, Mercedes Bengoechea, y el ex delegado de Patrimonio Histórico, Lauro Olmo.
Las últimas semanas de Galván han estado marcadas por su respuesta institucional ante la crisis económica. Mientras otros rectores y responsables públicos se recortaban los sueldos hasta un 15% y metían la tijera en el gasto que se sustenta con el dinero de los ciudadanos, Galván primero esperó una decisión conjunta de sus homólogos madrileños. Finalmente, acordó un recorte del 5% sobre sus emolumentos, esforzándose tres veces menos que, por ejemplo, el alcalde o Aguirre.
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