El llamado fracaso escolar es y ha sido uno de los mayores problemas de la sociedad española en las últimas décadas. En Alcalá, a comienzos de los ochenta del siglo pasado, había quizá miles de adolescentes afectados por esta lacra, que, unida a la falta de expectativas laborales, podía arrastrar a muchos de aquellos jóvenes a la marginación social o la delincuencia. Acuciados por esta amenaza latente, los responsables del área educativa de la primera corporación democrática tuvieron la idea de convocar unas plazas de psicólogos y pedagogos para poner en marcha un programa dedicado a ayudar a aquellos escolares que habían fracasado en sus estudios. Surgió así el Centro para la Formación Integral de Adolescentes, un proyecto innovador, pionero, que se convirtió durante años en referencia para otras iniciativas similares, y que acaba de cumplir 30 años. Su director es Anselmo Lanzas Alamín, un alcalaíno sobrevenido, criado en el barrio madrileño de Usera, a quien conocí por aquellas fechas y que ahora me ha recibido en las instalaciones del centro para repasar estas tres décadas de esfuerzo, de cuyos resultados se muestra muy orgulloso.
-¿ A quién se le ocurrió el nombre de FIA? -El nombre lo propuso uno de los primeros profesores contratados, Roberto Fernández Sanchidrián, que luego apenas tuvo contacto con los chavales. Nadie en el Ayuntamiento tenía una idea muy clara de lo que se quería hacer. El proyecto lo fuimos diseñando sobre la marcha y en una de aquellas reuniones surgió el nombre, que a todos nos pareció el más acertado.
Cuando concursó por aquellas plazas que ofrecía el municipio alcalaíno, Lanzas Alamín, ya tenía tras de sí algunas experiencias y alguna fuerte decepción en el campo educativo, hasta el extremo de que hoy confiesa que si se presentó fue por la insistencia de una amiga suya, Amparo Castro, que trabajaba en el Centro de Salud. Había obtenido la licenciatura en psicología por la Complutense y luego había cursado un postgrado para especializarse en psicología del aprendizaje.
-¿Cómo te surge la vocación educativa?
-Le había prometido a mi padre que terminaría el bachillerato y luego haría el peritaje mercantil. Y cumplí mi palabra. Por aquel entonces yo trabajaba en El Corte Inglés. Era un momento de gran efervescencia en la lucha sindical y política contra la dictadura. Me incorporé a Comisiones Obreras y fui detenido por dos veces durante el estado de excepción del año 71. La experiencia de la cárcel fue uno de los momentos decisivos de mi vida, porque allí me di cuenta de que para tener mi propio criterio, para ser dueño de mis opiniones y mi propio destino, no podía depender del apoyo que me prestara el Partido Comunista. Y decidí retomar los estudios.
-¿Y por qué psicología y no el peritaje mercantil como habías proyectado?
-De niño había leído mucho con mi abuelo. Por ejemplo, El Quijote o los versos de José Martí, que aún puedo recitar de memoria. Era y sigo siendo un gran aficionado a la lectura; y casi por casualidad cayo en mis manos El poema pedagógico, la famosa novela de Antón Semionovich Makarenko, en la que relata su experiencia en la colonia Máximo Gorki, una especie de granja-escuela para jóvenes desarraigados o que habían quedado huérfanos tras la Revolución Bolchevique. Este libro me fascinó literalmente. Me impresionó su forma de enseñar, su forma de reeducar a aquellos adolescentes marginales en las dificilísimas circunstancias de la Rusia soviética. Y decidí cambiar de idea, que al principio había sido la de matricularme en Filosofía y Letras. Sentí de pronto que era poco para un hombre de espíritu práctico…
-¿Quizá esa tendencia al ejercicio práctico, al aprendizaje por la vía del trabajo físico o manual, es la nota distintiva de tu concepto de la educación?
-El concepto sería si una cosa es o no es funcional, si sirve o no sirve. Porque no podemos andarnos con tonterías. Yo, como educador, me tengo que situar frente a un ser humano, un adolescente, que sufre y que está haciendo sufrir. Tengo que tomar la distancia suficiente para contemplar el problema y al mismo tiempo estar lo suficientemente cerca para no perder de vista que se trata de un ser humano que es o puede ser al mismo tiempo víctima y verdugo. Pero eso no quiere decir que yo esté en contra del estudio, del esfuerzo para memorizar unos saberes. A veces se ha demonizado el aprendizaje memorístico, pero si no se memoriza no es posible establecer procesos lógicos. La memoria tiene también su papel y su espacio en el proceso educativo, porque no hay nada más difícil de ordenar que una habitación vacía.
-Se me ocurre que podrían trazarse muchos paralelismos entre aquella colonia en la que trabajó Makarenko y esta finca abandonada que vosotros encontrasteis junto a la Carretera de Meco…
-Lo cierto es que nos llegaban los alumnos con un fuerte deterioro personal, escolar, familiar y social. Y lo que teníamos que plantearnos es qué obstáculos concretos estaban interfiriendo en su aprendizaje escolar y social. Y por eso mi manera de afrontar el problema es funcional o práctica. A esta técnica los psicólogos conductistas le llamamos el refuerzo. Si un chaval no hacía nada y ahora hace algo y se siente reforzado por ello, habrá más probabilidades de que siga haciendo más cosas, con lo que aumentará su resistencia a la fatiga, a la frustración. Y más crecerá eso que ahora llamamos la autoestima.
-¿Y cuál era el perfil de los chicos que venían a trabajar con vosotros?
-La realidad ha sido muy tozuda. Todos los adolescentes que han venido aquí traían los mismos elementos interfiriendo en sus aprendizajes: causas psicomotoras, emocionales o conductuales. Y a un chaval de 15 años no le puedes poner a hacer palotes, no puedes empezar con el “mi mamá me mima”, del psicoanálisis. Tienes que desarrollar técnicas educativas que sean más estimulantes.
-¿Cuánta gente ha pasado por las aulas del centro FIA?
-En los 30 años que llevamos funcionando habremos tenido unos 3.500 alumnos.
-¿Y las características de esos alumnos han ido cambiando con el tiempo?
-Aquí la gran dificultad ha sido siempre la misma: hacer entender a los chicos que es preferible tener un trabajo en el que, con suerte, ganarán 800 euros al mes frente a la tentación de ganarse ese mismo dinero trapicheando con la droga durante un fin de semana. Esa es la gran dificultad. Y nuestro objetivo siempre ha sido el mismo: que un chaval se sienta capaz, sobre la base de sus propias fuerzas intelectuales, de establecer una expectativa de futuro. Y si nosotros somos capaces de proporcionarle las herramientas para ello, pues habrá menos probabilidad de que delinca o se deslice hacia la marginación social.
-Pero algunos cambios en la composición sociológica del alumnado sí que habéis tenido…
-La primera cosa que ha cambiado es la edad. Al comienzo, los chicos abandonaban la escuela a los 14 años y ahora la escolarización es obligatoria hasta los 16. En los primeros años mayoritariamente provenían de los barrios más marginales de la ciudad. Ahora tenemos casi un 50 por ciento de alumnos que son de origen extranjero. Y también ha cambiado el número de hermanos por alumno, que al principio era muy alto.
-Tanto por los métodos educativos, como por las características generales del proyecto, hablamos de una experiencia a la que le cuadra bien el calificativo de pionera…
-Pues sí, yo creo que hemos sido pioneros. Pepe desarrollaba lo que llamábamos el taller de pretecnología (se refiere a José Díaz Peña, ahora responsable técnico de la concejalía de Educación) y yo las ciencias naturales. Después incorporamos dos elementos más, que fueron la educación física y las artes plásticas. Se trataba de que los chavales comenzaran aprendiendo las aplicaciones prácticas de las cosas que debían estudiar. Siempre hemos utilizado cualquier materia de estudio no como un fin en sí misma, sino como un medio para desarrollar el trabajo terapéutico que hiciera frente a las interferencias en el aprendizaje escolar o social.
-¿Y cómo han sido a lo largo del tiempo las relaciones entre este proyecto y lo que suele llamarse la enseñanza reglada?
-En cierto modo, siempre hemos sido rehenes del hecho de no saber qué somos dentro de la estructura del Ayuntamiento. Cuando comenzamos, en el año 81, no había en España prácticamente ningún otro proyecto que se dedicase a este tipo de alumnado. Después vino la Ley de Educación Compensatoria y sus aulas-taller, para las que nosotros podíamos ser una referencia. Nuestro trabajo tenía un componente diagnóstico, terapéutico y preventivo, pero eso el común de la gente no lo entiende, lo que quieren es ver algo tangible. ¿Y qué era ese algo tangible? El Graduado Escolar.
- Esa titulación básica actuó como un banderín de enganche, de eficacia y éxito indudables…
-Lo que más rabia me ha dado a mí siempre es que midieran el éxito o el fracaso de nuestro trabajo por el número de graduados escolares que obtenían los alumnos, cuando muchas veces el esfuerzo mayor no estaba en el que obtenía la titulación, sino en aquel otro al que lográbamos convencer de que viniera otro curso más para ver si lo obtenía. Pero las estadísticas también demuestran que ha sido una labor fructífera, que consiguió crear esa expectativa de futuro de la que hablábamos antes. Cada cierto tiempo, hacemos una entrevista personal con los alumnos que hemos tenido y alrededor del 70 por ciento está trabajando y un 4 por ciento decidieron seguir estudiando para obtener otras titulaciones.
-También ha cambiado la titulación que vosotros ofrecéis, que ahora se llama Programa de Cualificación Profesional Inicial.
-Yo siempre me he esforzado para que el aspecto fundamental de nuestro trabajo siguiera intacto. Pero hemos tenido que ir asegurando nuestra propia existencia al compás que nos marcaban los cambios en la educación reglada. Ahora una condición para venir aquí es que no hayan obtenido el graduado en la ESO, que estén desescolarizados o en riesgo de exclusión social. Y lo que obtienen en este centro es una titulación que les permite acceder a los ciclos de grado medio de la formación profesional. Además cobran un pequeño sueldo.
-¿Un sueldo?
-Sí, un sueldo del 50 por ciento del Salario Mínimo Interprofesional durante seis meses. Yo siempre me opuse a esta idea del sueldo porque, en cuanto había dinero por medio, existía el peligro de que las familias y los chicos trataran de eternizarse aquí. El programa dura doce meses, la mitad son de formación en el Centro y la otra mitad son de relación con el empleo mediante contratos. Si no hay empresas que les contraten, les contrata el Ayuntamiento.
-Tres décadas dan para mucho. ¿Cómo ha sido la relación con los políticos locales durante todo este tiempo?
-Si yo dijera que han sido malas mentiría tanto como si dijera que han sido buenas o regulares. Han sido unas relaciones muy circunstanciales, muy llenas de dudas, de no saber qué vamos a hacer con este Centro. A veces siento que somos una especie de grano en el culo que se le enquistó al Ayuntamiento. Pero al mismo tiempo, para ser justo, debo reconocer que el poder local lleva 30 años manteniendo esta estructura, este servicio público, con personal y presupuesto municipal. Así que, durante la mayor parte del tiempo han sido unas relaciones duras y difíciles.
-¿Crees que el estudio, el esfuerzo para incrementar el nivel de conocimientos de cada uno, puede ser una buena vía, como lo fue en el pasado, para reducir las diferencias sociales?
-Lo que yo creo es que, con la escala de valores que maneja la sociedad actual, esa cultura del esfuerzo está en baja. Tengo la impresión de que importan más los signos externos de éxito material y con cuanto menos esfuerzo lo hayas conseguido, mejor. Pese a todo, yo animo a los alumnos a que estudien lo más que puedan, a que aprendan lo más que puedan. Siempre les digo: si te gusta aquello que vas a estudiar, más tarde o más temprano trabajaras en ello o en algo muy cercano o estarás a gusto contigo mismo. Porque otro elemento de nuestro trabajo es aumentar en los chavales la resistencia a la frustración, de tal modo que esa frustración de las expectativas no les lleve a cometer actos que conculquen la libertad de los demás.
-Muchas veces se dijo que los problemas de España se resolverían con una mejor educación. Ahora se dice que tenemos las generaciones mejor preparadas de nuestra historia, pero los comportamientos que uno observa en la calle no son mejores que en otras épocas…
-Es que, obviamente, un mejor nivel de formación no implica una mejor escala de valores. Y lo que debemos explicar, y los padres deberían inculcar en sus hijos, es que no es posible la libertad sin la condición fundamental del respeto al otro, del respeto a la diferencia. En ese sentido, aquí somos partidarios de la tolerancia cero frente a comportamientos que nos parecen inadmisibles. A un alumno que tenga una conducta xenófoba o sexista lo expulsamos si no hace caso de los razonamientos previos. No nos negamos a comprender las causas próximas o lejanas de tales comportamientos, pero creemos que si un alumno de la edad de los nuestros no es capaz de entender lo más básico acerca del respeto, debe padecer las consecuencias de lo que supone un estado de derecho. Y, sencillamente, no lo admitimos.
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