
Por Antonio R. Naranjo
De hasta qué punto tiene razón el probable próximo presidente de España, Mariano Rajoy, cuando resumió ese programa supuestamente oculto con una frase -“ Voy a recortar en todo a excepción de en sanidad, educación y servicios sociales"- da cuenta una anécdota local que, bien mirado, resume el estrepitoso fin de una era, los efectos de los abusos contenidos en ella, y la necesidad imperiosa de activar una reforma revolucionaria con el gasto público y el reparto de funciones sociales.
De todas las cosas que una patronal empresarial podía haber elegido para exhibir ideas, combatir la crisis, pelear contra el cierre en masa de empresas en Alcalá, invertir la pavorosa destrucción de empleo y subirse de verdad a alguno de los apasionantes movimientos económicos que se deciden en estos días en Madrid; la pareja espumín que perpetra más que ejerce la representación empresarial de nuestro hábitat ha elegido la única indecente, impropia y absurda que tenía a mano para justificar su inmerecido sueldo: reprobar a este Grupo editorial y empresarial en la persona de su presidente, Julio R. Naranjo.
De no ser por la certeza de que este episodio refleja el lamentable ecosistema autóctono, en el que un montón de mediocres retroalimentan su posición escudándose mutuamente en su inutilidad, la cosa sólo daría para unas risas, un par de titulares y una recreación periodística de La cena de los idiotas en la que, licencias del articulista, se invierte el hilo conductor del original de Veber: en nuestra versión, próxima al neorrealismo de Visconti en la posguerra italiana o al Dogma sin adornos de Von Trier, el único que no es tonto es el invitado, reprobado por unos anfitriones que oscilan entre la estupidez más intensa (ésa que hace daño sin procurarse beneficio) y la ingenuidad más galopante (ésa que sin ninguna mala intención te hace cómplice de un exceso).

Que dos individuos sin oficio pero con beneficio, conocidos por fracasar como empresarios o no atreverse a intentarlo, denostados allá donde se cuecen las inversiones y las decisiones políticas, sólo eficaces a la hora de pergeñar apaños internos y buscar canonjías, se atrevan siquiera a señalar a la primera empresa alcalaína 100% tal vez (de la que comemos 100 familias) y desde luego la que más y mejor trabaja y pelea por dar empaque a Alcalá en todos los frentes imaginables, domésticos, autonómicos y nacionales; simplemente mueve a hilaridad.
Pero no podemos permitirnos esa concesión ociosa si, detrás de tan chusca estampa gastronómica, intuimos una parte nada desdeñable de por qué en Alcalá casi todas las magnitudes económicas van a la baja, casi ninguno de los proyectos que circulan por Madrid se fija en nosotros y, por último, casi ninguna institución cumple con el cometido adjudicado: unos se parapetan en los otros, conformando el séquito de ciegos y bobos que adulaba el traje nuevo del Emperador desnudo.
La cobertura recíproca que el rector de la Universidad Mafiosa de Alcalá (al borde de la quiebra e incapaz de generar los 10.000 puestos de trabajo que generaría de hacer bien su trabajo) o el presidentillo de Aedhe se brindan sólo sirve para legitimar el abuso y limpiar un cadáver que genera miseria por doquier.
Para quienes vean en este duro diagnóstico una inquina personal, les ruego repasen la estremecedora secuencia subsiguiente: mientras el de la toga y el de la corbata van haciendo el panoli con engolamiento; Alcalá está cerrada a partir de las tres de la tarde; se ha clausurado el 90% de las grandes industrias y hundido buena parte del comercio sin que nada les sustituya; no aparecemos en el Plan de Infraestructuras ni tenemos nuevo PGOU, cargamos con 20.000 parados y en las grandes decisiones de Madrid (que algunos sí conocemos de primera mano aunque presumamos mucho menos de posición) nadie se percata de nuestra existencia.

Ni el verdadero empresario, que lo hay, ni el auténtico universitario, que existe; están representados por estas entelequias homicidas que durante un tiempo contribuyeron a conformar la apariencia de una estructura institucional solvente, algo necesario para tenerla de verdad, y ahora son un tapón infame para el progreso, el desarrollo y la riqueza en todos los frentes.
Ni el Plan de Reindustrialización, que de aprobarse será gracias al PP y por el trabajo de los sindicatos aunque alguno se ponga en la foto; ni el Pacto Local, una subvención encubierta para financiar a la patronal que debiera vivir de sus cuotas y no de paniaguarse o vender coches; son más que coartadas livianas para echar colonia a un hedor ya insoportable que, en aplicación de la incipiente doctrina Rajoy, tiene las horas contadas: al igual que la única manera de cuidar la educación y la sanidad y garantizar la asistencia social y los subsidios va a ser podar en un 30% el selvático exceso de la Administración; la única forma de que Alcalá genere trabajo, atraiga inversores y tenga unas relaciones decentes con Madrid va a ser dejar de jugar a los empresarios o los rectores y escuchar a los empresarios y a los universitarios auténticos.
No se trata aquí de entonar un “Delenda est Carthago”, el grito de guerra contra Aníbal glosado por Catón el Viejo para reflejar la disposición de Roma a conquistar a su enemigo; sino de barrer un poco la caspa para dejar que crezca el verdadero pelo. Aquí no hay Cartago enfrente, Cartago somos nosotros y corremos un serio peligro de acabar convertidos en esclavos y cubiertos de sal para borrar toda sombra de ciudadanía, de emprendedores, de empresarios y de esa combinación mágica de economía y cultura que constituye el verdadero progreso.
El contraste entre la pobreza de la Universidad o el derrumbamiento de las empresas locales y los espurios beneficios individuales de quienes encabezan ambas entidades ofrece un último dato para añadir indignación a la necesidad. El mismo Galván que entierra la UAH durante todo un verano, restando a Alcalá esa vida estival que tantas otras Universidades ofrecen a su entorno; avala que sus muchachos intenten hacer ese negocio en Guadarrama; tapa el infame agujero negro en las cuentas de Crusa y su Fundación y conoce sobradamente las patrañas internacionales que perpetran con dinero público para colocar a amigos y jugar a la política latinoamericana.
Y el mismo pseudoempresario que nos reprueba y pinta menos en el mundo empresarial local que Belén Esteban en un debate electoral, no ha dejado de hundir los pocos que ha tocado (sea un colegio o un club de baloncesto) ni de intentar hacer negocios con el estropicio de lo que debiera haber defendido, sean en China, con el español, con la FP o en la ZEPA.
Sólo poniendo las cartas sobre la mesa, podemos jugar una partida que les viene grande a esta recua de pintamonas irrelevantes que serán barridos, a no mucho tardar, por el peso de las evidencias.
La cuestión no es cómo limpiar o terminar con la UAH o Aedhe, sino cómo preservarlas evitando que la caída de sus tristes sargentillos chusqueros no arrastre al cuartel entero: si Alcalá no se da cuenta, si lo poco decente que le quede en las instituciones no reacciona, si los empresarios de verdad y los universitarios convencidos no espabilan, ejerciendo de lo que son con tranquilidad y sin apego a la pantomima, el cataclismo sucederá inevitablemente y la ciudad perderá dos de las herramientas que más y mejor deberían contribuir a su renacimiento.

Eso ocurrirá cuando Arturo Fernández y la CEIM quieran o cuando Esperanza Aguirre diga basta: que nadie diga que no estaba advertido de que lo que estaba en juego era formar parte de ese viaje y modelarlo con un criterio local imprescindible o, por contra, presenciarlo desde la barrera como un tonto mira una zanja que además va a ser su sepultura.
Mientras, el tal Jesús y el cual Rafael, pueden meterse la reprobación en el hondo saco de sus miserias: nosotros lo pondremos en la estantería de los premios, sin dejar de decirles que van por la vida en pelota picada, absurdos emperadores de la nada. |