Don Juan volvió a triunfar, un año más, en su cita de todas las vísperas del día de Difuntos en la Huerta del Obispo. Su primera función, celebrada en mitad del puente festivo, fue seguida en el recinto amurallado por miles de personas en una noche fresca pero agradable. El Ayuntamiento no ofreció una cifra oficial de asistentes, aunque se agotaron los programas de mano y más de la mitad de la explanada quedó cubierta por un mar de cabezas orientadas a la gran plataforma instalada junto a las murallas que dan a la calle Andrés Saborit. En realidad, tres escenarios unidos para formar una galería de más de treinta metros para las ideas y venidas de un Don Juan más acompañado que nunca.
El público que desde media hora antes del inicio se agolpaba frente al escenario y la pequeña barra montada en el extremo opuesto de la Huerta, con caldo y chocolate a 1,5 euros la taza incorporados a la tabla de bebidas, se olía algo extraño al revisar el programa y comprobar que buena parte del reparto hacía doblete para formar parte de un coro. Nada más arrancar la función, que comenzó con puntualidad, empezaron a comprender de qué va el juego en el Don Juan 2011: bajo una gran tela latiendo como un corazón aparecen los integrantes del elenco con la cara oculta con máscaras que no solo sirven para adornar la fiesta de carnaval de la primera escena en la hostería del Laurel; también son el distintivo del cuerpo coral de un destino que es testigo y actor en cada escena.

Juan Polanco advirtió de que este coro sería el auténtico protagonista del montaje; y alabó también el minucioso trabajo coreográfico que han tenido que realizar los actores de la Academia del Verso, columna vertebral de este Tenorio, para darle todo el sentido dramático. Es el destino el que lleva y trae a los personajes y les conduce implacable hasta los dominios de la muerte, lo que se traduce en un movimiento escénico repleto de plasticidad. Testigos de esta laboriosa faena del plantel han sido en los ensayos y también en la primera función un buen número de productores y directores escénicos de distintos rincones de nuestro país, algunos muy acreditados, como Dania Évora o Tamzin Townsend.
Pero además de potencia evocadora, el coro también tiene una enorme utilidad práctica. A falta de escenografía y trampantojos de última tecnología audiovisual, el pelotón de actores dio vida a mesas, escalinatas, balconadas, claustros, columnas e incluso el río Guadalquivir. Y entre ellos evolucionaron los cabezas de cartel de la función.

Ramón Langa, el Don Juan de este año, llenó el escenario con su poderosa voz y sus hechuras de galán. Y cuando parecía que podía acartonarse, se marcó un vibrante combate a espada con Don Luis Mejía en el que el destino se pone de su lado colocándole en la mano algo más que energía para doblegar a su oponente. Por su parte, la Doña Inés de la alcalaína Lidia Palazuelos, acompañada de una Brígida soberbia a cargo de Karmele Aranburu y alentada entre el público por una legión de vecinos y amigos, fue ganando en emoción e hipersensibilidad a medida que fue avanzando la función. Y el momento álgido, cómo no, llegó con la famosa escena del diván, un cojín esta vez, rebosante de una ternura acentuada por la delicada pieza Spiegel im Spiegel, del estonio Arvo Pärt. Una verdadera caricia de piano y violín.
Esta noche, a las 20 horas, nueva cita con Don Juan y su destino final.

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