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La canalla estudiantil
Redacción - lunes 10 de octubre de 2011 a las 09:35 horas
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Así era la vida de los alumnos de la Cisneriana durante el Siglo de Oro.

 

Si había una ‘fauna’ que contribuía a destacar, a veces para bien y a veces para mal, a la ciudad complutense dentro del orbe cristiano del Siglo de Oro, ésa era, sin duda, la de los estudiantes de la Universidad de Alcalá. Para compensar el férreo régimen de vida que llevaban intramuros del Colegio de San Ildefonso, se ‘desataban’ extramuros, para escándalo de una sociedad marcada por la influencia de la Iglesia Católica en cada una de las facetas de la vida.   


Los primeros estudiantes llegaron a la institución docente fundada por el Cardenal Cisneros en el año del Señor 1499,  nueve años después, por San Lucas (18 de octubre). Y éstos y las siguientes generaciones de colegiales del siglo XVI se formaron en el clima de erudición y disciplina que fue esencial en la transición entre la Edad Media y el Renacimiento.


Cisneros demostró ser más renacentista que medieval. Sin embargo, quiso organizar la vida interna del Colegio de San Ildefonso con unas tablas de la ley  muy estrictas: Las Constituciones de la Universidad de Alcalá de 1510, cuya traducción fue publicada el año pasado, con motivo del quinto centenario, por la profesora de Historia Medieval de la UAH y presidenta de la Junta del Distrito I de la ciudad complutense, Dolores Cabañas.
En el Colegio-Universidad de Alcalá había varias categorías de estudiantes. La más importante, sin duda, era la que constituían los 33  colegiales o becados, entre los cuáles se elegía anualmente al rector. 


Los colegiales, que sólo podían permanecer en el recinto de San Ildefonso un máximo de 8 años, debían tener, al menos, 21 años, no haber profesado ninguna religión y ser “pobres”. La medida de este último requisito la marcaba un límite anual de ingresos de 25 florines de oro de Aragón. Las Constituciones también establecían que para ser universitario en Alcalá había que ser soltero. Para más inri  la entrada estaba vedada a las mujeres, discriminadas por la Iglesia.


Estos alumnos becados no podían residir en Alcalá, decisión que obedecía al intento de evitar, tal y como señalan las Constituciones, “las frecuentes visitas de los parientes”. No hay que olvidar que los vecinos de la ciudad complutense podían acudir a todas las lecciones y disputas (los exámenes de la época) aunque no tuvieran prebenda en el Colegio. También se perseguía, con ello, mantener “la paz y la tranquilidad de los colegiales” y evitar que la vida de la institución se viera perturbada por la formación de “bandos” o por “sediciones”.


El Colegio-Universidad de San Ildefonso también vigilaba el aspecto exterior de sus colegiales: estos no podían tener el pelo largo ni llevar barba. Y no podían ir en ropa de calle ni dentro, ni extramuros. Las vestiduras “honestas” que podían llevar era la clámide, o la hopa, una toga talar.


Ninguno de los moradores del Colegio de San Ildefonso podían llevar armas. Ni siquiera, podían tenerlas guardadas en sus dependencias particulares.


De la primigenia Cisneriana destaca también el apretado horario formativo de trabajo de los alumnos, basado en el siguiente esquema heredado de la Edad Media:  leer, repetir y rebatir. Así los alumnos se enfrentaban a dos horas teóricas por la mañana y a una hora y media por la tarde. Y luego, cada bloque iba seguido por periodos de cuestiones (preguntas de los alumnos al regente o profesor que se ponía al poste) y de reparaciones, las preguntas que el regente realizaba a los estudiantes. Las jornadas lectivas comenzaban habitualmente a las siete de la mañana.


Por supuesto, no todo era estudio y oración entre las paredes de la Cisneriana. Los alumnos también tenían tiempo, aunque no mucho, para el ocio, que estaba estrictamente limitado. Los becados lo tenían más difícil pues no podían ni comer ni cenar fuera de San Ildefonso. No así, los que estaban en la Universidad en régimen de internado.  La algarabía que traían consigo esta alegre muchachada se contagiaba al resto de la ciudad y contribuía a  engordar la caja de las tabernas, fondas y burdeles complutenses.
 Ese ambiente lo describe perfectamente un refrán anónimo que ha llegado hasta nuestros días: “A Alcalá, putas, que viene San Lucas”.

 

Fernando Escudero


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Recreaciones de algunas de las vestimentas de los colegiales alcalaínos
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