Hubo un tiempo en que existió de verdad un Mercado del Quijote. O algo muy parecido. La ciudad cervantina y quijotesca que trata de evocarse en estos días tiene el precedente remoto de la Alcalá del Siglo de Oro, cuando se convirtió en una de las grandes urbes españolas con la apertura de la Universidad.
Cuando a finales del siglo XV el cardenal Francisco Jiménez de Cisneros se propuso crear la universidad modelo, y a tal fin compró cerca de un tercio del terreno de la ciudad; se dio el pistoletazo de salida a la transformación urbanística, social y cultural más importante de su historia. La Alcalá de la imprenta, del humanismo renacentista, de la influencia en América, de los estudiantes, de la picaresca, del teatro y de Cervantes se fraguó a lo largo del siglo y medio siguiente y es la que trata de recrearse, o al menos homenajearse, en estos días con el Mercado del Quijote.
La actual plaza de Cervantes, precisamente, era por entonces la plaza del Mercado y señalaba al mismo tiempo la ‘frontera’ con los dominios universitarios que representaban el Colegio Mayor de San Ildefonso, alma mater de la histórica academia complutense, que llegó a contar con 40 colegios más. La Ciudad de Dios y del Saber se solaparon en una nueva ciudad trazada casi a escuadra y cartabón en la que, no obstante, se conservaban herencias medievales como la calle Mayor, tradicional eje del barrio judío.
Más de 10.000 personas llegaron a vivir durante aquel tiempo en Alcalá, cuyo ritmo estaba marcado por la Universidad y por la Iglesia. La primera, además de sus colegios, contaba un hospital para estudiantes, casas para profesores, talleres de impresores, carnicerías, tahonas e incluso cárcel propia. Todo ello daba ocupación para buena parte del vecindario, al servicio de la comunidad universitaria. Las páginas de El Buscón de Francisco de Quevedo, uno de los ilustres estudiantes de la Cisneriana, contienen el mejor retrato de aquel ambiente bullicioso.
En cuanto a la presencia religiosa, muy acentuada por ser Alcalá una de las ciudades de referencia para el Arzobispado de Toledo, se dejó notar por la proliferación de templos y conventos adscritos a un gran número de órdenes religiosas. Todo ello hasta dejar un “recinto” de “treinta y ocho iglesias y diecinueve colegios, donde sobresale un número de cúpulas y torres que forman un razonable espectáculo”, según la descripción que décadas después, ya en el siglo XVIII dejó en sus escritos el viajero Antonio Ponz, haciendo honor al título oficioso de la ciudad como ‘Pequeña Roma’.
La antigua basílica erigida sobre el lugar del martirio de los Santos Niños materializó la fusión de los dos ámbitos, el universitario y el eclesiástico, cuando en 1519 se convirtió en iglesia Magistral. Este privilegio, concedido por el Papa, solo lo compartió con Lovaina y exigía que los canónigos tuvieran el grado de Doctor (Magíster) y catedráticos de la Universidad.
Pero el gran símbolo de poder material, aparte del espiritual que irradiaba la Universidad como el gran centro de formación de los teólogos y burócratas del imperio español, lo representó el palacio Arzobispal, una antigua fortaleza medieval transformado a partir del siglo XV en la suntuosa residencia de los prelados y de la familia real. Los Reyes Católicos iniciaron un vínculo con Alcalá que se mantuvo hasta el último rey de los Austrias, Carlos II, a finales del siglo XVII. Aquí acudían para estancias de reposo, para tutelar a los infantes e infantas o para instruir al personal a su servicio.
Y en torno a esa servidumbre la ciudad también se fue sofisticando, con el establecimiento de familias aristocráticas en casas principales; el impulso de nuevos negocios y entretenimientos, como el corral de comedias abierto en 1602 frente a la plaza del Mercado; o la especialización de los oficios con la calle Mayor como asiento. Precisamente en una casa de un callejón perpendicular a esta vía principal, la hoy calle de la Imagen, vivía un cirujano sangrador, Rodrigo de Cervantes, con su mujer Leonor. Y en 1547 tuvieron a su segundo hijo varón, al que llamaron Miguel, con el tiempo autor del Quijote.
Pedro P. Hinojos |