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La memoria de los hijos del barro
Redacción - miércoles 17 de agosto de 2011 a las 15:04 horas
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Mariano fue el propietario de uno de los tres alfares que existieron en Alcalá.

 

“No hay oficio como el de alfarero, que de barro hace dinero”, reza el refranero español. Pero el beneficio esconde tras de sí una ardua tarea y, aunque Mariano López dejara el alfar en la década de los 60, este anciano de 92 años aún recuerda las largas jornadas que pasó en el que entonces pertenecía a su suegro, Marcos Guillén. Ubicado en el número 21 de la calle Don Juan I, se erigía como uno de los tres alfares que, a principios del siglo XX, daba servicio a la ciudad. Cántaros, botijos o barreños eran solo algunas de las piezas que se elaboraban a diario en un recinto que funcionaba sin descanso.

Ha pasado ya casi medio siglo desde que Mariano dejara su cargo como oficial en el alfar y se viera obligado a cerrar el negocio que heredó de la familia de su esposa y en el que comenzó a trabajar con tan solo 15 años. La aparición del plástico y la presión de las grandes industrias acabaron con el comercio del barro en la ciudad. Así lo recuerda este alcalaíno que reside ahora justo encima del lugar que tantos años le ha visto trabajar. El alfar desapareció en 1967, pero su esencia y una de las partes más importantes de su plantilla continúa allí.

Junto al de Antonio Blas en la calle Vaqueras y el de su primo, Agustín Blas, en el número 12 de la calle Don Juan I, el de Marcos Guillén era uno de los tres alfares que abastecía a la ciudad y a la industria de elementos elaborados con barro y cerámica. Mariano todavía se acuerda de los “duros” viajes hasta los alrededores del Zulema para recoger la materia prima. “Allí estaban las terreras y había una calidad de arcilla buenísima. Solíamos ir despúes de que hubiera llovido porque con el sol se ahuecaba la tierra. Entonces la cargábamos en el carro y, arrastrado por la mula, volvíamos a la ciudad”, explica.

Era una de las partes más fatigosas pero, sin duda, lo más sacrificado, dice, eran los hornos, donde incluso estuvo a punto de perder la vida en una ocasión. “Cada ocho días nos levantábamos a las 4 de la mañana para encenderlo. En aquella época los hornos funcionaban con leña y con viruta que se recogían en las herrerías de Alcalá, de ahí el espeso y característico humo negro que salía de las chimeneas de los alfares”. No obstante, ese humo hizo que un día Mariano quedara atrapado dentro de la estructura del horno y no encontrara la salida. Un suceso que ahora cuenta como anécdota pero que todavía refleja en su cara el terror que lo envolvió ese día.

Junto a él trabajaba, como oficial, Ángel Guillén, y como maestro estaba al frente Juan Soria. “Era uno de los mejores alfareros de Alcalá”, destaca. Este último era el encargado de moldear las piezas, pero el proceso completo tardaba incluso semanas. “Trabajabamos unas 12 horas diarias y la elaboración de los objetos era muy compleja. Eramos un total de 15 obreros en el alfar y hacíamos cántaros, botijos, barreños, tiestos, caperuzas y tubos sinfónicos de cerámica para el baño y chimeneas, entre otras cosas. Parte del trabajo que se hacía era para viveros y floristerias, y otra parte para el comercio minoritario. Todo se hacía a mano y, un cántaro, por ejemplo, tardaba en secarse al sol unos 15 días”, subraya.

Recuerdo vivo
Y aunque Mariano asegura que era un empleo que no se pagaba muy bien, lo cierto es que lo convirtió en su vida y hoy, jubilado, sigue siendo parte de ella y de su familia.  Es el hermano vivo más longevo de la Hermandad de Santa Justa y Rufina, patronas de los alfareros, y cada año acude fiel a su cita para rememorar su figura. 

Fue el pasado 17 de julio cuando se celebró en la parroquia complutense de San José la fiesta dedicada a las santas, a la que acudieron los descendientes del gremio alfarero de Alcalá. Y es tanta la devoción que la familia López tiene por ellas que uno de los cuadros de Santa Justa y Rufina que en su día colgaba en las paredes del alfar de la familia Guillén ahora luce en el salón de su casa. “Es como una reliquia”, dice su hija. Y es que tanto ella como sus hermanos fueron testigos de aquel negocio artesanal  que hizo que a la calle Don Juan I se le llamara entonces “la calle de los alfareros”.

Por Laura Arribas


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Foto: Elena Boto
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