Entre la despistada tropa de directores del Instituto Cervantes que ha desfilado por el Casco Histórico esta semana, han destacado los pasos confiados de uno de ellos. Para más señas, los del responsable de la delegación del organismo en Nueva York. El alcalaíno Javier Rioyo, un veterano del periodismo cultural español, además de escritor y guionista de televisión y cine, es desde la pasada primavera el nuevo responsable de la ‘sucursal’ cervantina en la Gran Manzana. Columnista de El País y crítico de libros en la Ser, el próximo septiembre arrancará oficialmente su aventura neoyorquina (con prolongaciones a las oficinas cervantinas de Boston y Seattle, bajo su competencia), que pinta también como un cambio vital. En este sentido, haber tenido el familiar telón de fondo de Alcalá durante los últimos días, le ha servido para apreciar mejor el camino recorrido y el salto que está a punto de dar hasta el corazón de Manhattan. Una frontera inalcanzable en los largos días de su mocedad complutense, cuando pasaba las horas vivas en rincones como la vieja cárcel, hoy transformada en el moderno Parador de Turismo, en cuyo claustro conversó con este periódico ayer. – Dirigir el Instituto Cervantes de Nueva York puede ser un sueño o una pesadilla. ¿Cómo se lo toma usted? – Tiene algo de deseo hecho realidad. Eso que decía Luis Cernuda de que, entre la realidad y el deseo, casi siempre la realidad nos pone en nuestro sitio y nunca coincide con el deseo, en mi caso no ha sucedido. Para mi generación, Nueva York es una ciudad de referencia por muchas cosas. El cine, la música, la literatura... Conocemos sus calles sin haberlas visitado. Yo, que soy de Alcalá, siempre he tenido ganas de saltar las tapias en plan quijotesco y recorrer mundo. Pero nunca me he atrevido a vivir fuera de España. Y ahora, a mis 58 años, que me ofrecieran un reto tan cautivador como agitar culturalmente la ‘marca España’ en una ciudad como Nueva York, me pareció un regalo. Un regalo, eso sí, que me va a dar un trabajo de la leche (risas). – Sus antecesores en el cargo son dos nombres de tanto carisma como los escritores Antonio Muñoz Molina y Eduardo Lago. ¿Le intimidan las comparaciones? –Soy amigo personal de Antonio Muñoz Molina. Incluso me está ayudando a buscar casa. Y a Eduardo Lago lo conocí en mi etapa al frente del programa Estravagario de Televisión Española. Ganó el premio Nadal con Llámame Brooklyn y él me enseñó los rincones por los que transcurre la novela. El paso del tiempo nos ha hecho más amigos y ahora me da el testigo. En ese sentido me siento muy arropado pero me dejan el listón muy alto. Son dos tipos muy brillantes y yo tengo un perfil distinto. Soy periodista cultural y he agitado todo lo que he podido allí donde he estado. Y en esas voy a seguir. –¿Qué metas se ha puesto? –El Cervantes de Nueva York es la delegación más importante de la institución por presupuesto, por personal y por actividades. Pero además de todo eso tiene que crecer. Hay un volumen muy grande de clases de español y el mundo hispano neoyorquino cada vez es más importante. A partir de ahí, tenemos muchos objetivos y muy ambiciosos. Para empezar, estamos obligados a organizar casi cada día una actividad cultural que sea referente de lo que se hace en España en todos los niveles. La cultura no son sólo las artes, también lo son las ciencias. Me contaba hace unos días el cónsul que trató de organizar un encuentro con los científicos afincados en Nueva York y no pudo porque eran más de quinientos y no tenía donde acogerlos. Hay que tener presente además que en los exilios de españoles que se registraron en las primeras décadas del siglo pasado, Nueva York fue uno de los destinos preferentes. Y ese poso cultural aún existe en esa ciudad, donde la pujanza hispana, como decía antes, es cada día más fuerte... Son, en fin, tantas cosas, que no nos queda otra que disparar en todas direcciones (risas). –Ser una ventana de España no es una tarea sencilla... –Yo prefiero hablar de un espejo. Tenemos que poner un espejo y activar la riqueza mayor que tiene España que es el idioma, como sabemos bien los alcalaínos; así como mostrar la renovación que ha experimentado nuestro país en los últimos años y la excelencia que ha alcanzado en muchas ámbitos. Y por supuesto atender a propuestas más experimentales. Hay que estar vivos. El Cervantes es una institución muy prestigiada en Nueva York y dentro de la marca España es una de las instituciones mejor valoradas. –No obstante, aún sigue muy extendida la visión del Instituto Cervantes sólo como una gran academia del español . –Evidentemente son centros de enseñanza de español, y eso es muy importante. Nuestro idioma es probablemente el bien inmaterial más valioso de España. Pero eso está unido a la actividad cultural. Se enseña nuestra lengua pero también se enseña España. Desde la gastronomía, a la ciencia, pasando por la literatura o el cine. El Cervantes debe atender por igual ambos frentes. Un conocido me dijo hace unos días que yo era algo así como el embajador cultural español en Nueva York, aunque existe un consejero cultural del consulado. Yo, en esa línea, quiero cooperar con los nuestros allí, por no solaparnos y para rentabilizar los recursos, sobre todo en estos tiempos de crisis. –¿Teme las presiones políticas? –El Cervantes mantiene un perfil profesional y técnico en las delegaciones, que no han sufrido los cambios por razones políticas. Sí los ha sufrido la dirección del organismo cuando se produce una alternancia del partido en el gobierno. Yo no tengo ningún temor al respecto. El Instituto Cervantes no está al servicio de un partido político, no enseña una realidad ideológica concreta y tapa a la otra. Está al servicio de los intereses de España. Uno puede tener unas afinidades, que las tengo, y unas simpatías, que las tengo también. Pero sé cuales son mis responsabilidades. Acabo de hacer un documental sobre el dibujante Enrique Herreros, uno de esos artistas vinculados a Alcalá por temas cervantinos, al que se le incluía en la ‘Generación del 27 de la derecha’. He hecho otro sobre Francisco Ayala, un obseso de la España liberal. O sobre Pepín Bello, que no quiso irse con sus amigos al exilio... En fin, no tengo una mirada sectaria en nada. –Precisamente en la última entrada de su blog declara su hartazgo sobre el 18 de julio y las dos Españas... –Vamos a ver, no quiero caer en la desmemoria, pero tenemos que superar todo eso ya. A estas alturas... Estamos en un sitio que a mí me trae muchas memorias históricas. Por aquí pasó Pepe Hierro, Juan March... Yo no quiero olvidarme de todo eso, pero tengo asumido mi bandera y mi país, y no quiero dar banderazos a nadie. –¿Seguirá escribiendo en prensa? –Tendré que hacerlo, entre otras cosas porque el sueldo de director del Cervantes va un poco justo para vivir en una ciudad como Nueva York (risas). En serio, por un tiempo tendré que consagrarme al Cervantes. Allí no voy de vacaciones. Pero cuando lo tenga dominado, me gustaría seguir con las colaboraciones, como han hecho antes Eduardo Lago y Muñoz Molina. –Más complicado será retomar su trabajo en cine. –Sí, pero sigo dándole vueltas a historias. Tengo dos documentales pendientes. Yo soy del Atlético de Madrid, pero quiero hacer un perfil sobre Santiago Bernabéu, porque me parece un personaje fascinante. Más allá del fútbol y de un equipo en concreto, es la historia de un hombre que revolucionó la diversión de todo un país y que procuró evasión y alegrías en unos tiempos muy duros. Y también tengo otro trabajo pendiente sobre uno de esos españoles desconocidos, Romualdo Tirado, un señor de La Mancha que tras muchas vicisitudes llegó a Hollywood en sus inicios y es el segundo cineasta que más películas ha hecho en la Meca del Cine. Aprovecharé las pocas vacaciones que tenga para trabajar en ellos. –¿Y el documental que quería hacer sobre Azaña? –No se me olvida. Yo creo que en este pueblo de personajes tan ilustres de nacimiento y de paso, la figura de Azaña está todavía por reivindicar. Y no lo digo sólo como alcalaíno, sino como español. Más allá de sus errores y torpezas, su altura intelectual está fuera de toda duda. Y aún no se le ha reconocido lo bastante.
Pedro P. Hinojos.
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