La excusa era presentar su libro autobiográfico Decidme cómo es un árbol, publicado en 2007 y con ocho ediciones ya a los lomos. Pero el verdadero propósito era homenajear al poeta Marcos Ana, un símbolo de las víctimas de la represión franquista y “uno de nuestros alcalaínos más universales”, en palabras de Francisco Pérez, representante de la Asociación Manuel Azaña. Este colectivo, junto al Foro del Henares y la colaboración de la Universidad de Alcalá, que cedió para la ocasión el salón de actos de la Cisneriana, impulsaron este acto celebrado en la tarde de ayer, que fue todo un éxito de convocatoria, para satisfacción del homenajeado, acompañado por parte de su familia y un buen número de amigos.
La última vez que se le tributó un reconocimiento público en su ciudad adoptiva fue en 1984, con ocasión de la inauguración del centro cultural Manuel Azaña en el barrio de Nueva Alcalá. “Marcos Ana merece ser reivindicado en Alcalá. Se le echó encima una leyenda negra falsa y absurda, ha recorrido los cinco continentes luchando por la amnistía y ahora está disfrutando de un merecido éxito con su biografía”. De glosar ésta última se encargó el poeta y periodista alcalaíno Pedro Atienza, que leyó algunos poemas del “preso por excelencia” y subrayó la grandeza del verso que da título a su ya famosa biografía, como una metáfora del “inteligente analfabetismo”.
Aunque nacido en Alconada, Salamanca, en 1920, Ana se trasladó de niño a Alcalá con su familia y aquí se unió siendo un adolescente a los comunistas y a las fuerzas republicanas en la guerra civil. Al final del conflicto, fue apresado, torturado y recluido en prisión durante veintidós años. El relato de esta larga estancia en la cárcel es uno de los pilares de Decidme cómo es un árbol. Y también fue el hilo conductor de su parlamento, cuajado de anécdotas. Explicó así cómo “clandestinizaban” libros para burlar los controles y cómo regaló a Pablo Neruda “un volumen de la vida de Santa Genoveva que llevaba encuadernado dentro Canto general”; o cómo se las arreglaron para montar una obra de teatro con textos de Miguel Hernández sin que los guardias se dieran cuenta.
Pero el poeta también recordó la pérdida de muchos compañeros, en especial maestros, “porque la cultura fue acuchillada y quemada viva”; y cómo la cárcel se convirtió para él y muchas personas como él en su universidad. Y a dar testimonio de aquella represión y “a pelear por los mismos ideales de libertad y de dignidad que me tuvieron en la cárcel durante tantos años”, se sigue consagrando Marcos Ana, como reconoció al auditorio y a este periódico, antes de participar en el acto. Y cada día, además, con más ganas, porque, como señaló autocitándose, “el bosque de mi generación cada vez está más despoblado y yo soy un árbol que sigue aquí en pie”.
P.P.H. |