Algunas de las “tormentas” a las que aludió Ana María Matute en el magistral cuento de su vida que fue su discurso de recepción del premio Cervantes pueden verse ahora fosilizadas en el vestíbulo del Archivo General de la Administración (AGA). Allí se exhiben los informes de la censura franquista sobre muchos de sus libros, algunos de los cuales no pudieron publicarse íntegramente hasta muchos años después. Las denuncias sociales, la autenticidad de los personajes, las alusiones a la guerra o las descripciones excesivamente sensuales trajeron de cabeza a los censores... e hicieron muy desgraciada a la escritora.
“No sabéis lo que decían de mí. Me llamaban irreverente, inmoral, lo tergiversaban todo. ¿Cómo se puede decir que un libro es inmoral?”, se quejaba Ana María Matute a los periodistas pocos minutos antes de recibir a los Reyes el pasado miércoles en la entrada al Paraninfo. Antes de llegar a la Cisneriana había visitado la exposición montada en el Archivo de Aguadores con parte de los expedientes que elaboró la censura franquista sobre sus libros. Y muchos de los fantasmas de aquel pasado en el que se vio perseguida y acosada, hasta el punto de ver peligrar su sustento, por impedirle escribir incluso para periódicos y revistas; se le aparecieron durante un rato en el que fue el día más feliz de su vida.
Hasta el próximo 1 de junio el vestíbulo del Archivo acogerá una selección de los más de cien informes de censura que se realizaron sobre la producción literaria de la escritora barcelonesa durante el franquismo. Una gota en un mar de papel. Porque toda la actividad del aparato censor del régimen en libros, revistas y folletos, iniciada en 1936 y no anulada del todo hasta 1983, conservada primero por el Ministerio de Información y Turismo y luego en el Ministerio de Cultura; fue trasladándose de manera paulatina al AGA entre 1973 y 1984. Y en la mole de Aguadores sigue custodiada en la actualidad, formando una de las colecciones documentales más voluminosas: 460.617 expedientes contenidos en 22.444 cajas. Y es, además, una de las más consultadas por todo tipo de usuarios.
Durante la Noche en Blanco del pasado 2 de abril, y como parte de las actividades que organizó el Archivo para sumarse a la celebración, se exhibió el material relativo a Matute. Y desde el pasado miércoles todo el público puede acercarse ya a los informes de censura, a las galeradas de imprenta, a las copias mecanográficas y a algunas de las ediciones originales de la autora, depositados en vitrinas. Además, se pueden contemplar todos los expedientes en su formato original en pdf, a través de dos pantallas de ordenador instaladas en la sala, y acceder a las obras Los Abel, La ronda, Los niños buenos, Fiesta al noroeste, La pequeña vida, Paulina o Luciérnagas, que fue retirada por no superar el juicio censor en 1953.
Los tachones de los censores en los textos originales, así como sus comentarios, redactados en una extraña mezcla de lenguaje burocrático y de análisis literario, señalan casi todos los elementos que eran dignos de mutilación para el régimen: la ligereza y la falta de pudor en la moral sexual, la expresión libre de opiniones políticas, el uso de un lenguaje indecoroso o los ataques a la religión. “El don de Matute”
Curiosamente, el lirismo, la frescura y la solidez ética de Ana María Matute desconcertaba a algunos de los inspectores encargados de revisar sus obras. Así, entre reprobaciones y algún que otro desprecio, en las conclusiones se colaban parrafadas como la que plasmó el censor que el 12 de marzo de 1969 despachó en su informe sobre La trampa: “Ana María Matute posee el don de dar un segundo sentido a las palabras, una capacidad poética y plástica que no es frecuente en los novelistas actuales”.
Por eso, además del indudable peso histórico que posee la exposición como testimonio de una época, también atesora un enorme valor literario. En primer lugar, y desde un punto de vista estrictamente material, por la conservación de los primeros soportes de algunos de los libros más importantes en la carrera de Matute; conmueve admirar, por ejemplo, el tocho mecanografiado de Pequeño Teatro, las carpetas de cartón rubricadas por la propia escritora con lápices de colores, como la de Los soldados lloran de noche, o cuartillas y galeradas de Los Abel cuajadas de correcciones a mano de la propia autora.
Y en segundo lugar está la importancia que este legado tiene también como pilar para la recuperación de las esencias literarias de una de las narradoras más importantes del siglo XX. “Podríamos decir que la censura provocó que la espontaneidad del lenguaje de Ana María Matute no se pudiese conocer hasta bien entrada en la década de los 80”, explica en el catálogo de la muestra Alfonso Dávila, director del AGA, para resaltar que en muchos de los textos que se exhiben en la exposición rezuma la impronta de la escritora, matizada, revisada y reconstruida luego a fuerza de las correcciones impuestas por los censores. Dávila, además, señala una obra en concreto, Luciérnagas, el libro más masacrado por la censura, que se conserva en el Archivo en su primer acabado. “Luciérnagas de 1948 pide la luz de una reedición del texto original”, sugiere el director.
Por eso, las palabras prohibidas de Ana María Matute, toda una premio Cervantes al fin, valen doblemente su precio en oro.
Pedro P. Hinojos |