Este viernes, más de medio mundo estuvo pendiente del pomposo enlace entre el príncipe Guillermo de Inglaterra y Catherine Elizabeth Middleton. Pero hace 510 años, los británicos y las casas reales del orbe cristiano también fueron testigos de otra boda del año: la que unió a un antepasado de William con la ‘Kate’ complutense.
Aunque en la corte de los Windsor no suelen ganar para sustos —basta repasar la crónica rosa de las tres últimas décadas, heredero tampax incluido— medio milenio parece ser la frontera idónea para que la boda y la vida (palaciega y conyugal) de la flamante duquesa de Cambridge, se parezca como un huevo a un castaña a las de Catalina de Aragón y Trastamara de Castilla (Alcalá, 1485-Castillo de Kimbolton, Cambridgeshire, 1536).
Esta última pasó a la historia como la primera esposa de Enrique VIII de Inglaterra, de quien tuvo que soportar continuas infidelidades y, al final, un divorcio (y posterior cautiverio) que provocó el cisma de la Iglesia. Sin embargo pocos saben que, en realidad, la benjamina de los cinco hijos de los Reyes Católicos, protagonizó dos bodas reales en Inglaterra, pues no estaba destinada a desposar a Barba Azul.
Cuando, en 1501, partió del puerto de Laredo con rumbo a la pérfida Albión, la princesa alcalaína lo hizo para casarse con Arturo, el primer hijo varón de Enrique VII. Este último quiso sellar a través de una boda de Estado una alianza militar con España frente a Francia.
Pocos dudan de que la de Guillermo y Kate Middleton es una boda por verdadero amor. Su larga relación así lo atestigua, hasta el punto de haber tranquilizado al padre del novio, el príncipe Carlos, que dijo recientemente que no habrá problemas para engendrar un heredero, “pues llevan ocho años practicando”. En cambio, Catalina de Aragón tuvo que aprender a amar, primero a Arturo y después a Enrique, ya dentro de la corte de los Tudor.
Las dimensiones, en cuanto a invitados, del enlace de ayer (2.000 personas) “entonces eran imposibles” en el siglo XVI, explica la directora de la revista La Aventura de la Historia, que señala que el ámbito de las bodas reales de entonces se limitaba exclusivamente “a la corte”.
Unos niños
Si Kate ha dado a Guillermo el “sí quiero” en la anglicana Abadía de Wensminster —que albergó, en 1997, el funeral de Diana de Gales—, Catalina de Aragón lo hizo con Arturo en la catedral de San Pablo. Iba ataviada, al igual que el novio, con ropas de tela de oro.
La del 14 de noviembre e 1501 fue, según las crónicas de la época “la boda más majestuosa de la cristiandad”. Tanto, que los festejos se prolongaron durante dos semanas, con numerosos banquetes, justas, bailes de disfraces y un lema: ¡que no pare la música!
Un enlace en el que los contendientes tenían casi la mitad de años de Kate (29) Y Guillermo (28). Ambos, Catalina y Arturo tenían 15, tan rocambolesca edad que el novio asistió al convite —celebrado en el salón de banquetes del palacio de Westminster— en la mesa de los niños mientras su mujer ocupaba la principal a la diestra del Enrique VII. El un artículo de la Aventura de la Historia, el investigador Mariano González-Arnao cuenta como “después de los postres, Catalina, para mostrar un espectáculo español, bailó con dos de sus damas, primero una danza severa y luego otra fogosa al son de ritmos ibéricos”.
Tras el banquete, llegó la noche de bodas. Y si William y Kate la protagonizaron ayer en Buckingham Palace, en la más estricta intimidad, la de Catalina y Arturo fue muy diferente, como marcaban los cánones regios de la época. El lecho nupcial se habilitó en el palacio del obispo. Pero Catalina y Arturo no entraron solos. Les acompañaron una comitiva de nobles y autoridades que hicieron plegarias. Tras la bendición del obispo ambos bebieron una copa de vino azucarado y entonces, y sólo entonces, la princesa alcalaína y el heredero del trono inglés pudieron quedarse a solas.
“El matrimonio de nuestros hijos se ha consumado, tanto en el cielo, como en la tierra”, escribió días después Enrique VIII a sus consuegros, los Reyes Fernando e Isabel. Sin embargo, en la actualidad, hay serias dudas de que fue así. Desde la noche de bodas, hasta la muerte prematura de Arturo (un arrechucho por unas fiebres), en abril de 1502, la pareja sólo habían dormido juntos siete noches.
Este argumento sirvió a Enrique VII para poder casar a la Kate complutense con Enrique VIII, en 1509. “En enlace fue mucho más discreto”, explica Asunción Doménech.
Fernando Escudero |