En 1960 las aguas de un pantano anegaron Mansilla de la Sierra. Sus habitantes se trasladaron al nuevo pueblo de Mansilla, que tuvo que trepar para sobrevivir a la ladera del monte. Este pueblo nuevo de Mansilla tiene por lo tanto un frontón, un ayuntamiento, una iglesia, un bar, varias filas idénticas de casas blancas adosadas y muchas cuestas empinadas.
A los pies de Mansilla, claro, está el embalse. Y bajo las aguas, sumergidas, las calles que pisaron Ana María Matute y sus hermanos en su niñez. La Matute, sus hermanos y otros muchos niños con peor o mejor suerte. Mansilla es un lugar al que sólo se va si así se desea. Quiero con esto decir que Mansilla no está de paso. Se va expresamente. Como a la literatura de Matute. Un lugar al que se va por voluntad y con deseo.
Es singular Mansilla. Está en el límite entre Burgos y la Rioja y antes de llegar hay que atravesar parajes con bosques que parecen encantados. Si uno pasea en barca por el pantano, hay ocasiones en que cree ver las antiguas edificaciones todavía en pie bajo el espejo movedizo de las aguas. A mí me atrae el modo en que ese mundo sumergido parece estar y a la vez no estar ahí y de pronto otra vez se vislumbra. Entonces, al mirar nos marea un sentimiento de anhelo y pérdida por todo lo que se ha ido ya y de alguna manera por todo lo que se perderá en nuestras vidas. Como si el mundo inferior fuera el espejo y el mapa del superior. Matute lo sabe muy bien.
Se puede escribir sobre muchas cosas, naturalmente. Se puede escribir de lo visible. Del nuevo pueblo de Mansilla. De la presa. Y de las nuevas casas blancas, todas iguales. Y no es fácil. Y también se puede escribir de lo invisible. De lo que quedó sumergido bajo las aguas. Hay además personas que pueden contar desde su cabeza todo, lo mucho o poco, lo muchísimo quizá que acontece allí, en su mente. Son buenos escritores.
Pero a veces hay otros autores, muy escasos, que pueden hablar de otras cosas, las que no ocurren ni sobre la tierra que pisamos, ni tampoco en nuestras mentes. Son los privilegiados que pueden escribir sobre lo inexplicable.
Dice Matute que eso, lo inexplicable, lo intangible es lo que nos mantiene vivos en la adversidad. Y lo que vale la pena ser contado. Dice también que escribe para denunciar una realidad aparentemente invisible. Una realidad que conviene rescatar del olvido y de la marginación a la que tan a menudo la sometemos en la vida cotidiana.
Es decir, que Matute es una mujer valiente. Se podrán afirmar muchas cosas de ella, pero desde luego no se la puede tachar de medrosa, ni se amilana, ni le faltan arrestos. Y eso que hay quienes han intentado, cómo diría yo, hacerla pequeña, hacernos creer que una mujer que escribe sobre la infancia es una mujer, de algún modo, infantil, y que no vuelve más que a las tareas propias de su sexo y condición.
Como es valiente, Matute no necesita defenderse de estas acusaciones. Ya la defiende su obra. Y sus lectores. El asunto invisible que quiere hacer visible no es la infancia como insisten aquellos. Parece que es la infancia, pero son ante todo la incomunicación, la soledad, el amor y el odio entre hermanos, la crueldad, la desigualdad... Y por supuesto, lo inexplicable.
Además de una mujer intrépida, que dice y hace cosas audaces, como por ejemplo no tener que conquistar el título de escritora ni esperar a que se lo diera ninguna Real Academia ni ningún Ministerio, porque ella sabía que era escritora exactamente desde los cinco años que es cuando lo decidió, es osada porque sabe reconocer la alegría. El otro día nos dijo: "en la vida me han pasado cosas malas, cosas terribles, es cierto, pero también he tenido muchas alegrías. Y he sabido disfrutarlas."
Deseo, voluntad de ser escritora, vocación de felicidad, en Matute esta reivindicación de la alegría es casi subversiva. Me imagino que ha sido subversiva en muchos momentos. Como subversiva era entregando cada semana durante dos años sus cuentos sin final feliz a la revista femenina Garbo, a pesar de las quejas del jefe de redacción. Que algo debía de ver en los cuentos, porque no dejó de encargárselos. ¿O serían las lectoras, más entendidas, más exigentes, quienes no dejaban al redactor salirse con la suya? Lectoras quizá populares sin la formación de quienes frecuentaban las tertulias literarias del momento, pero con olfato intuitivo para reconocer los relatos cargados de verdad de una escritora nueva.
Nuestra Premio Cervantes era entonces una joven madre volcada, como muchas de sus lectoras, en sacar adelante a su hijo. Sacar adelante a un hijo y una vocación. Porque Matute es también tenaz como es audaz y es sabia. Y como es sabia y excesiva y seductora, Matute nos ha ido convenciendo de algo que parece imposible: depositar nuestra salvación en aquello que es más frágil: un baúl, un bosque, un cuaderno para cuentas...
Pero ¿cómo podemos esperar salvarnos en aquello que es más frágil? El baúl: un mundo en el sótano, en el desván, multum in parvo. El bosque: lo sugerido entre las sombras y las raíces, en el batir de alas de un ave que no se ve, sólo se sospecha. Son puertas a la fantasía y la imaginación, a la dimensión espiritual de lo material, un campo en el que Matute es experta.
A través de esos objetos, del baúl antiguo que nos atemoriza, del bosque cambiante dotado de vida propia, de un cuaderno de cuadrícula, Matute nos enseña a entrar en otro mundo: pasado, deseo, sueño, un mundo del que nosotros mismos somos portadores. Italo Calvino, que amaba tanto y confiaba tanto como Matute en lo que algunos llaman cuentos de viejas, explicaba que "a los duros trabajos y las duras condiciones de vida de las mujeres, se contraponían las figuras de las brujas que volaban por las noches en los palos de las escobas hasta otro mundo, a otro nivel de percepción, donde podían encontrar las fuerzas para modificar la realidad."La levedad, la ligereza deseadas como contrapeso a la privación sufrida en el día a día, hacen del narrar el primer recurso para abandonar la barbarie, nos enseña Matute.
Matute no vuela subida en una escoba, que sepamos, a pesar de que en más de un momento seguro que hubiera deseado esa fuga, pero estoy convencida de que ganas no le faltan, porque hay pocas aventuras, al menos literarias, con las que no se atreva. Sólo hay una cosa que le impuso temor, y es desprenderse del Rey Gudú.
Dicen que postergaba y postergaba el momento de dar por bueno el último capítulo y que su agente y amiga, la querida, fundamental Carmen Balcells, tuvo prácticamente que encerrarla a cal y canto, como a las princesas en las torres, para que pusiera punto y final al monarca y su estirpe. Y a veces parecería que los tiempos que le tocó vivir a la Matute eran mejores, más significativos. Más pulidos y precisos en sus contornos frente a los tiempos desdibujados de ahora, saturados de imágenes, pero de imágenes de segunda mano. O de cuarta o de quinta.
Yo sé que eso no es en absoluto así. Que una infancia partida por la Guerra Civil no es envidiable. Ni una espesa gris densa larguísima posguerra. Que la Matute, como ese personaje que tanto le interesa, la Bella Durmiente, durante un período largo y duro de su vida también sufrió un hechizo que la impedía escribir y del que tuvo que despertar con mucho esfuerzo.
"...y los violines y los oboes tocaron piezas antiguas, pero excelentes, aunque hacía más de cien años que nadie las tocaba..." Eso escribió Perrault. Y como esos violines y esos oboes del cuento, Matute hace que cualquier tiempo o espacio que ella elija contar, por antiguo que sea, parezca excelente.
He visto las pruebas. He visto el retrato de Ana María junto a Esther Tusquets y Ana María Moix en su casa de Sitges. Es una foto que conviene mirar cada tanto. Yo procuro llevarla encima. Es un talismán. Uno de esos objetos que nos abren las puertas de nosotros mismos, como dice Ana María. Cuando una mujer creadora no sabe para donde tirar y se pierde en el bosque, puede recurrir a esa foto de Colita. En ella se ve a tres mujeres capitaneadas por Matute, tres mujeres escritoras, muy buenas escritoras, en 1970 que están juntas y dicen claramente: no le debemos nada a nadie.
Y es que quizá, escribir pertenece a otro universo distinto del de vivir. Y eso es lo que le gusta a Ana María. "Sin escribir no soy nada, no valgo nada, no soy yo. Si escribo soy yo. Si alguien te lee, tu vives un poco todavía", suele decir. ¿Y dibujar? Es otra de esas actividades secretas a las que muy pronto se entregó la niña Matute con espíritu indomable. Es una escritora que dibuja, porque dibujar es una manera de comprender y también de pensar el mundo. De estar en el mundo mediante esa estrecha conexión entre la mano y la cabeza que es la artesanía: la habilidad y el deseo de hacer las cosas bien como las hace Ana María, esa artesana inteligente que se ata a la tierra, a la materia.
Por todas estas razones me alegra, reivindico la felicidad de poder estar hoy aquí tan cerca de nuestra Premio Cervantes 2010, Doña Ana María Matute, como Ministra de Cultura y, al menos hoy por un rato, como ministra de lo invisible y ministra de lo inexplicable. Porque conviene recordar que esta contadora de historias, esta buscadora de lo inexplicable es también una enorme generadora de empleo. A veces me pregunto ¿cuántos libreros habrán pagado el alquiler de su local gracias a la Matute? ¿Cuántos impresores? ¿Cuántos distribuidores? ¿Cuántos correctores de pruebas, fabricantes de papel, cuántos transportistas, conserjes, telefonistas, contables, administrativos, secretarias, traductores en cuántas editoriales?
Miro las mesas de novedades de nuestras librerías, los cientos de miles de registros que se generan en la red en fracciones de segundo con apenas teclear su nombre y pienso: este país tiene futuro y ese futuro pasa por la cultura.
La cultura, donde se encuentran las fuerzas para modificar la realidad. La cultura donde podemos salvarnos mediante aquello que es más frágil, un mundo inferior que es espejo y mapa del superior. Como el pueblo de Mansilla, que, como la Bella, sumergido y durmiente, tiene también otro final imaginado para nosotros por Ana María Matute en su libro El río: "Bajo el cristal verde oscuro, en el fondo del pantano vivirá aún aquel río. Y, cerrando los ojos, lo veo intacto como un milagro. Un río de oro que corre hacia algún lugar de donde no se vuelve, como la vida."
Muchas gracias. |