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“La cultura del sello se puede recuperar con Internet”
Redacción - miércoles 27 de abril de 2011 a las 09:47 horas
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Miguel García apuesta por las nuevas tecnologías para que la filatelia no desaparezca.

 

Fue uno de los creadores del último matasellos de puño metálico que se hizo en España y, curiosamente, tenía impreso en él el escudo de Alcalá. Una ciudad a la que Miguel García (Madrid, 1948) lleva vinculado más de tres décadas. Fue en 1978 cuando decidió dejar su puesto como vendedor de sellos en la madrileña Plaza Mayor para trasladarse a la Ruina de Santa María, donde comenzó su negocio. Era la época dorada de la filatelia, y tan solo un año después Miguel cambiaba su emplazamiento por el de la calle Mayor; y es que la lluvia, recuerda, estaba a punto de arruinar sus ventas. Desde entonces no ha fallado ni un solo domingo –“excepto los del mes de agosto”– a su cita con los coleccionistas complutenses, que poco a poco han ido mermando hasta reducirse  a la tercera edad.


Atrás quedaron aquellos días en los que los que su puesto se llenaba de alcalaínos en busca del mejor sello para acompañar sus cartas o para intercambiar en la plaza más cercana. “Las nuevas tecnologías han acabado con ello. Ya se envía todo por correo electrónico y el sello es algo por extinguir. Va a quedar solo para coleccionistas”, lamenta, ya que no puede olvidar la afición que existía por este objeto en la década de los 70 y cómo él, con tan solo 12 años, decidió convertirla en parte de su vida.


Su pasión, dice, le llevó a fundar, junto a cuatro amigos, la Asociación Filatélica de Alcalá a principios de la década de los 80. Y fue con ella con la que se organizaron varias exposiciones en la Casa de la Entrevista con motivo del Premio Cervantes. Una actividad que se ha ido perdiendo y que Miguel apuesta por recuperar. “El sello es cultura. Todos los acontecimientos que ocurren en una nación se reflejan en sus sellos y deberíamos inculcar a la juventud la afición por ellos para que aprendieran de una manera distinta”, explica. Y es que aunque la crisis ha hecho que muchas personas dejen de coleccionar, Internet para él ha sido el verdadero culpable.


Pero como no hay mal que por bien no venga, Miguel ha decidido hacer suyo el refrán de ‘Si no puedes con el enemigo, únete a él’, y adelanta que pronto hará una propuesta al Ayuntamiento de Alcalá para que se difunda esta cultura entre los colegios de la ciudad. “Sería interesante que los escolares tuvieran un sello y, a través de él, buscaran su historia en Internet”, indica.


Y de historia él sabe un rato. Todos los sellos que tienen que ver con la ciudad complutense los recoge en su puesto entre tarjetas y matasellos que apelan a Cervantes. Sin embargo, las verdaderas joyas las esconde en casa. “Tengo sellos que alcanzan el valor de 6.000 euros, pero esos no los puedo traer porque no los vendería, como la primera serie de Israel de 1948”. Y mientras esperan en el trastero, Miguel presume de tener encima de su puesto dos colecciones correspondientes al Quijote de los años 1931 y 1964 así como uno dedicado al Clavileño, el caballo de madera con el que unos duques gastan una broma a Don Quijote y Sancho Panza en la segunda parte de la novela de Miguel de Cervantes, que data de 1965.


Y es que a pesar de que Miguel comenzó su andadura en la Ruina de Santa María, a donde llegó en busca de aventura, junto a otro vendedor de sellos, tan solo queda él en la ciudad actualmente. Entre sellos de 2 pesetas con la fachada de la Universidad de 1964 y prefranqueados de 1948, Miguel indica que es una necesidad coordinar la cultura con Correos.


“Se ha pasado de hacer tiradas de 12 millones de ejemplares a 300.000. Los sellos ya solo se utilizan para la propaganda o para las cartas de los bancos y esto en Europa no sucede”, aclara. Aunque destaca que ya no lo vive como negocio sino como “diversión y entretenimiento”, no puede evitar echar la vista atrás y ver la época en la que vender sellos estaba a la orden del día. “Yo he aprendido incluso geografía con ellos. Antes había mucha más juventud implicada en ello, pero las nuevas tecnologías han desviado su atención hacia otros campos”.

 

Por L. Arribas.


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Foto: Iván Espínola