Por Pedro P. Hinojos
Le preguntaron el lunes a Ana María Matute en la Biblioteca Nacional sobre las pocas mujeres que figuran en el palmarés del premio Cervantes. Y su contestación fue de lo más respetuosa y razonable: “Me gustaría que el premio tuviera larga vida y que lo ganaran muchas mujeres, pero también me gusta que lo gane un hombre que se lo merece". Con todo, siguen siendo muy pocas féminas para los 35 años de andadura que acumula ya el ‘Nobel’ de la literatura en español: tres, con Ana María Matute, que se antoja, además, como la galardonada más esperada y más indiscutible. Tanto la filósofa malagueña María Zambrano, ganadora en 1988, como la poeta cubana Dulce María Loynaz, en 1992, contaban, y cuentan, con el máximo respeto de la crítica especializada. Pero sus galardones arrastraron algunas sombras de compromisos más allá de los obligados por el talento literario que atesoran. Y el primero de ellos era la necesidad imperiosa de premiar a mujeres.
Si algo comparten las tres mujeres galardonadas es la avanzada edad. También tienen en común la jovialidad y la alegría con la que recibieron sus reconocimientos, lo que hizo aún más doloroso el reajuste de las ceremonias del premio para las dos galardonadas anteriores, al estar severamente impedidas. Ana María Matute no tendrá problemas para estar en el Paraninfo, pero precisará ayudarse de muletas o de una silla de ruedas para moverse.
María Zambrano, que cumplió 85 años la víspera de recibir el galardón (murió en Madrid el 6 de febrero de 1991), ni siquiera pudo acudir a la Cisneriana. La actriz Berta Riaza –“quiero que sea una voz de mujer”– se encargó de leer su discurso en el Paraninfo ante los Reyes por la mañana. Y estos, aquella misma tarde, se acercaron hasta la casa madrileña de Zambrano para entregarle el galardón. Postrada en una silla de ruedas, muy feliz y tremendamente nerviosa, la autora, y pensadora, de El hombre y lo divino se dejó agasajar por don Juan Carlos y doña Sofía, según las crónicas periodísticas del momento. Primero por la profundidad de su discurso. “Ah, mis palabritas. Soy una estudiante. Estoy en el comienzo, no soy otra cosa que eso, y quiera Dios que no sea nada más”, respondió modesta la primera premio Cervantes. Y luego por las adversidades que jalonaron su vida, marcada por el exilio y por una vida repartida en muchas ciudades: La Habana, París, Nueva York, Roma y la mexicana Morelia, donde, como en las otras, impartió cursos, aunque le dejó una entrañable huella existencial y literaria que subrayó en su discurso de recepción. “Me ha tocado vivir una historia no muy fácil”, le confió a los Reyes. Y entre confidencia y confidencia, don Juan Carlos se ofreció incluso a mandarle a su casa el coche adaptado que había comprado para su madre, la condesa de Barcelona: “Se lo digo de corazón. Se lo envío cuando me digan y así viene a vernos a La Zarzuela”.
También en silla de ruedas, con 91 años y una sonrisa imborrable en el rostro entró Dulce María Loynaz (falleció en La Habana, Cuba, el 27 de abril de 1997, el mismo año en que otro cubano, Guillermo Cabrera Infante, fue honrado con el Cervantes) en el Paraninfo de la Cisneriana. Por sus problemas de vista no pudo leer su discurso, melancólico y sensitivo como su poesía, tarea de la que se ocupó el académico cubano Lisandro Otero. Aunque días antes había despistado a la prensa con lo que al cabo fue un golpe de humor: dijo que no tenía nada preparado y que lo iba a improvisar.
Una pléyade de grandes nombres de las letras españolas del siglo XX, como Buero Vallejo, Torrente Ballester o Rafael Alberti, agasajaron luego a la “gran dama de América” en el patio Trilingüe, destacando la singular belleza de su obra poética, labrada en poemarios como Juegos de agua, Jardín o Poemas sin nombre; y su amistad con las figuras principales de la Generación del 27.
“Me voy a llevar a todos los españoles, si caben, en mi maleta”, señaló la poeta (no le agradaba que la llamaran poetisa) al final del acontecimiento, en el que no faltó el proverbial homenaje de la tuna, cuando aún la dejaban pasar al patio Trilingüe. Y con una capa de tuno sobre sus hombros, Loynaz musitó: “Me siento la mujer más feliz del mundo”.
Seguro que a la tercera ‘Cervantas’ se le escapa hoy un suspiro parecido.
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