El médico, profesor y erudito Francisco de Valles, más conocido por Divino Vallés, doctor del rey Felipe II y uno de los padres de la medicina española, no es la única celebridad de la historia y la cultura españolas que escogió Alcalá para su eterno descanso. El hallazgo de los que pueden ser sus restos ha venido a recordar que templos y conventos alcalaíno han cobijado durante los últimos siglos los restos de personajes ilustres, entre vicisitudes de todo tipo.
Ser la poderosa ‘subsede’ del poderoso Arzobispado de Toledo, el escenario de la gran universidad renacentista y uno de los espacios de recreo de la corte española durante el Siglo de Oro, no solo le ha dado a Alcalá el prestigio y el paisaje urbano que le han valido el título de Patrimonio de la Humanidad. También la convirtió en lugar de paso, trabajo y, en algunos casos, última morada para altos funcionarios, aristócratas, clérigos y profesores. Para este último menester, la Capilla de San Ildefonso fue uno de los lugares especialmente escogidos, como el emblemático corazón religioso y académico de la universidad fundada por el cardenal Francisco Jiménez de Cisneros.
Las obras de restauración que se están llevando a cabo en este templo, cuyo cuerpo central fue construido entre 1500 y 1512 por Pedro Gumiel, están dejando al descubierto las valiosas trazas arquitectónicas y ornamentales que lo adornan y también la gran cantidad de restos de antiguos profesores y colegiales que quisieron ser enterrados en él.
Distinguirlos, sin embargo, es casi imposible. “A lo largo de los últimos cinco siglos la capilla ha padecido todo tipo de avatares. Desde obras y reconstrucciones, hasta inundaciones del Henares y del Camarmilla”, explica el Cronista Oficial de la Ciudad, Vicente Sánchez Moltó, que, sin embargo, no alberga dudas con respecto a la autenticidad de los restos del Divino Vallés, cuyos restos han quedado depositados en el Museo Arqueológico Regional para ser examinados: “Cuando murió, Felipe II ordenó que se enterraran en la Capilla y se sabe que fue en el muro y no en el suelo porque hubo un pleito al respecto: el rector y los cancelarios querían que todos los difuntos reposaran no en alto sino a ras de suelo y la familia de Valles quería que fuera sepultado en el muro. Allí quedaron y en el siglo XIX se reencontraron sus restos, que fueron depositados en una urna de plomo y señalados con una lápida conmemorativa de la Academia de Medicina”.
Menos suerte corrieron los restos de otros personajes egregios inhumados en el recinto de San Ildefonso, empezando por los del propio fundador, cuya integridad se vio seriamente amenazada a raíz de las humedades provocadas por las mencionadas inundaciones que de cuando en cuando padecía la manzana cisneriana. A finales del siglo XVII fueron exhumados de su suntuoso sepulcro en mármol de Carrara de Bartolomé Ordóñez y alojados en un nicho del muro.
Allí fueron encontrados cuando la capilla estaba en pleno expolio tras el cierre de la Universidad en 1836. Desmontado el coro y la reja, que el conde de Quinto trasladó a su finca de Carabanchel, se consiguió localizar el lugar de enterramiento del cardenal y sus restos fueron trasladados en procesión hasta la Magistral, adonde también fue llevado el sepulcro. Con el incendio del templo en la guerra civil y el desplome de la bóveda, los restos de Cisneros y el mausoleo fueron trasladados a Madrid. Habría que esperar a 1977 para el ‘retorno’ del cardenal, realizado con toda discreción en una sencilla furgoneta hasta la Magistral, para enfado de los alcalaínos.
Y allí continúan, frente al altar y contra la voluntad del cardenal, que quiso reposar junto a su Universidad, mientras el sepulcro permanece en la Capilla de San Ildefonso, adonde regresó en 1960 con motivo de las reformas en la Cisneriana para acondicionarlas como sede del INAP. Estas obras dejaron a la vista gran cantidad de restos humanos, que fueron agrupados en un rincón de la capilla, imposibilitando que se puedan localizar los restos de otro insigne, el sabio humanista y gramático Antonio de Nebrija, enterrado en ella en 1522. Pese a ello, a comienzos de los 80, el ayuntamiento del municipio sevillano de Lebrija, cuna del erudito, reclamó los restos, “pero se le tuvo que contestar que su petición era imposible de atender. En primer lugar porque la voluntad de Nebrija fue ser enterrado en Alcalá; y en segundo lugar porque sus restos estaban ilocalizables para siempre”, apunta Sánchez Moltó.
También se removieron los restos de clérigos y nobles que durante siglos recibieron sepultura en la Magistral cuando se reconstruyó en los años 60 del pasado siglo tras los detrozos de la guerra. El claustro del templo fue el lugar donde se alojaron, mientras las lápidas permanecen en el templo. Prácticamente solo están en su sitio el cardenal Cisneros; el poderoso arzobispo Carrillo, trasladado del desaparecido convento de San Diego a la Catedral a mediados del siglo XIX; y el cuerpo incorrupto de San Diego de Alcalá, que cuenta con su propia capilla y todos los 13 de noviembre puede ser contemplado por feligreses y curiosos.
Pedro P. Hinojos. |