A Agustina no le llegan las ayudas para cuidar a su hija, con Síndrome de Down. |
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Se desplaza en silla de ruedas y su mirada se entristece cuando habla de su situación actual. Fátima, su hija, tiene Síndrome de Down y a ella le han evaluado un 75% de discapacidad. Lleva esperando desde enero las ayudas que le corresponden de la Comunidad de Madrid por la Ley de Dependencia y le invade la impotencia al ver que no llegan y no puede cuidar como quisiera de su “tesoro”.
“Mi hija es cabezota de nacimiento y nos trae de cabeza a todos. Es una persona formidable”. Agustina Pérez solo tiene buenas palabras para Fátima, de 32 años. Viuda desde hace más de cuatro años y medio, esta alcalaína fue declarada dependiente hace dos. Vive sola con su hija, también discapacitada, y, a pesar de su insistencia, ya no es capaz de limpiar la casa y atender a Fátima como le gustaría. Tiene 74 años y la pensión de viudedad y de la Seguridad Social no son suficientes para hacer frente a todos los gastos.
“Entiendo que haya crisis pero no por qué nos tiene que afectar a los dependientes. Necesitamos ayuda y no nos la están dando”, denuncia. “Necesito una persona que limpie la casa porque yo hago todo lo que puedo, pero con la silla de ruedas no alcanzo a hacer muchas cosas, y mi hija necesita a una cuidadora que salga con ella por las tardes. Yo lo hago, pero a mí ya me ve como a su abuela...”, lamenta Agustina.
Ella está más que acostumbrada a la minusvalía. Con seis años se cayó en la escuela y su cadera se resintió. Ahí comenzaron todas las operaciones hasta que años más tarde volviera a caer y se rompiera la rodilla de la pierna izquierda. Su marido, además, tenía la médula lesionada y un 84% de discapacidad. Así, su inquietud por la autonomía la llevó en 1979 a hacerse miembro de la Asociación Nacional de Inválidos Civiles y pertenece a APHISA desde ese mismo año. El psicólogo Pepe Peña fue su amigo y mentor, y esta alcalaína, que siempre ha luchado por llevar adelante a su hija y a otros tantos dependientes, espera que se reconozca su trabajo y reciba las ayudas que necesita para vivir.
“Tengo mucha pena por no poder ayudar a mi hija. Mi ilusión es que haga las cosas que le gustan, pero temo que si no nos dan lo que nos corresponde no podrá hacerlo. Hacen leyes que luego no sirven de nada”, denuncia. |