Toda la gente que se sumerge en el Festival de Clásicos, el Mercado del Quijote o ahora esta espléndida velada es de Alcalá y, aunque a menudo se la considere invisible o inexistente, conforma un segmento mayoritario de la población autóctona que no siempre es tenido en cuenta.
El de las clases medias, trabajadoras como las que más, que viven su condición de complutenses no tanto con arreglo a factores identitarios cuanto por estímulos relacionados con la calidad de vida, la programación cultural, la variedad comercial y el pulso de su sociedad civil: si vivieran a tres horas de cualquier núcleo urbano pujante; conseguirían sin duda que sus inquietudes contagiaran un poco la forma de entender y gestionar la ciudad.
Pero teniendo al lado Madrid, es probable que desistan en esa lucha y se limiten a disfrutarlo en su ciudad, cuando se lo da, o a buscarlo en la metrópoli sin prestar especial atención a su lugar de origen. Es una lástima, tal vez, pero es un fenómeno inevitable que sólo tiene un antídoto: gobernar pensando cada día en ellos, en la creencia de que eso beneficiará al conjunto de la ciudad.
Porque la Noche en Blanco es otra demostración de cuál debe ser el combustible intelectual que ha de marcar el gobierno de una ciudad maravillosa pero complicada; llena de obstáculos, taras y traumas: aspirar a lo mejor, trabajar con los mejores y transformar el inconveniente geográfico en la ventaja estratégica.
Lo que no funciona en Alcalá es la desidia y la improvisación, en definitiva. Por eso hay que pelear por emular a Edimburgo o a Avignon con sus formidables festivales y su enorme impacto económico. O a Avilés, Bilbao, Santiago o hasta Alcorcón con sus Kursaales respectivos en comparación con nuestros mediocres cuarteles. Por eso hay que aplaudir la apertura de El Encín y reclamar que las Islas del Henares sean de verdad nuestro retiro. No tiene sentido tratar lo nuestro como algo sin otra utilidad que la preservación esteril, pues de glorias pasadas poco extraerá la Alcalá del futuro. O por eso hay que elevar el tiro y esperar, desear y exigir que el fantástico espíritu de la Noche en Blanco no sea una flor de una día efímera sino un jardín estable bien regado y cuidado.
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