En lugar de estudiantes, turistas y funcionarios, los claustros y pasillos de la Universidad Cisneriana podrían ser hoy en día la cuna de los mejores militares del país, como la primera academia del Estado. Tal estampa de excelencia castrense, al modo de la célebre academia militar estadounidense de West Point, sería posible de haber prosperado un fugaz proyecto concebido a mediados del siglo XIX para reconvertir la manzana fundacional de nuestra Universidad en la sede del Colegio general de todas las Armas, con capacidad para 600 cadetes.
La exposición De las armas a las letras. Edificios universitarios que tuvieron uso militar, que se exhibe en estos días en la sala de exposiciones de San José de Caracciolos, muestra los planos del proyecto de lo que pudo ser aquella ‘Universidad militar’ diseñados en 1844. Ya hace dos años, en la exposición Alcalá, una ciudad en la historia, montada en la sede madrileña de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, el público pudo admirar la insólita transformación de la Cisneriana que proponían esos documentos, custodiados en el Archivo General Militar, que solo conocían los estudiosos de la historia complutense.
El ingeniero de la iglesia. Realizado por el brigadier de ingenieros Antonio de la Iglesia Smith en el verano de 1844, el proyecto de crear un Colegio general de todas las Armas se remonta a veinte años antes. En 1824 se fundó el Colegio General Militar, cuya primera sede fue el Alcázar de Segovia. Durante la primera guerra carlista, en 1837, se decidió trasladar el colegio a Madrid, donde tuvo varias ubicaciones. En 1842 se ordenó la creación, por real decreto, del Colegio militar de todas las Armas, como refuerzo del Colegio General Militar, fijándose en 600 el número de cadetes. Ya entonces las autoridades civiles y militares se percataron de la dificultad de situar esta institución en Madrid, de modo que se planteó la posibilidad de enclavarla en alguna población de los alrededores. Se reparó entonces en las prestaciones que ofrecía el viejo Colegio Mayor de San Ildefonso complutense, sin uso desde hacía ocho años, cuando se clausuró la histórica Universidad fundada por Cisneros.
El ingeniero De la Iglesia recibió el encargo de diseñar el Colegio. Y sus planos fueron lo único real que llegó a existir de él, porque en noviembre de 1850 un decreto suprimió este colegio y estableció que cada arma tuviera su propia academia.
Los planos de De la Iglesia recogían una reforma profunda no solo del Colegio de San Ildefonso, sino de todas las construcciones vecinas para racionalizar el conjunto del solar. Aparte de cambiar los nombres de los patios (el de Santo Tomás pasaría a denominarse ‘patio de la Universidad’ y el de Filosófos se llamaría ‘patio de Venegas’), el proyecto contemplaba remodelar todas las construcciones de la parte occidental de la manzana, es decir, las que dan a la plaza de Cervantes.
La capilla, demolida
Lo más llamativo era la demolición de la capilla de San Ildefonso que pasaría a formar parte de un nuevo complejo de edificios y patios. Ello también implicaba el levantamiento de una nueva fachada que hubiera tenido un aspecto muy similar a la de los actuales Cuarteles que dan a la plaza de San Diego.
Otra curiosidad es que, en lugar del Paraninfo, en el plano figura una capilla, justo en la crujía que separa el patio Trilingüe y un nuevo patio que se llamaría, curiosamente, del ‘Juego de la Pelota’. En general, todas las dependencias del recinto militar se distribuirían del siguiente modo: las aulas, el comedor y las piezas de servicio ocuparían la planta baja y los dormitorios de los cadetes, los despachos de los oficiales y de la dirección del centro y la enfermería estarían en la planta principal.
Ahora solo la imaginación, y los planos a la vista en Caracciolos, permiten reconstruir esa ‘superacademia’ militar en pleno corazón de Alcalá.
Pedro P. Hinojos |