“¡Ay-Ay-Ay! ¡Pantoja lo que ha-y!-”. Y miren si la hubo: anteanoche en Alcalá, donde Isabel Pantoja demostró no sólo tener soldadas sus regias posaderas en el trono de la copla patria. También dejó claro, una vez más que esta loba (la más de las veces, esteparia) del escenario no deja indiferente a nadie. O la adoran, cual virgen coronada, o la odian, cual bruja de Eastwick. “¡Es que crea adicción!”, confesaba María, integrante del club de fans Buena Suerte, de Fuenlabrada, que seis horas antes del concierto, desplegó en el aparcamiento de la Huerta del Obispo un escuadrón de 25 adalides de todo sexo, edad y condición, para ir calentando el ambiente. Fueron las primeras –junto al inefable Enrique Jiménez, ‘Mocito Feliz’, pionero de la globalización en la prensa cardiovascular–en ver llegar en coche, al recinto amurallado del Palacio Arzobispal a su diosa de carne y hueso, a la que agasajaron con cuadros, fotografías y otras dádivas.
También se acercaron a saludar a la artista, el actor Francisco Valladares, que se escapó un rato del Teatro Salón Cervantes donde representaba esa misma noche ‘Trampa Mortal’, y Máximo Valverde, vieja gloria del cine del destape, casanova decadente y amor de juventud de Pantoja. ¿Y acaso alguien creía que la prensa rosa iba a evitar la tentación de acercarse a la ciudad complutense para ser testigos de todo lo que se mueve en torno a una mujer casi más famosa por su vida privada que por su vida artística? La canallesca, como diría Alfonso Guerra, no faltó a la cita. ‘Sálvame’ envió a un fornido reportero con el rostro más maquillado que la Puerta de madrid: Juanjo Perona, quien sufrió la paradoja de ser agasajado y piropeado e, incluso, magreado, por las mismas mujeres que le atacaban por la línea editorial de Telecinco con la Pantoja. Algo parecido (los piropos y las peticiones de fotos) le ocurrió con imberbes del sexo opuesto y con el propio Mocito Feliz a Romina Belluscio, sansona oficial del programa ‘Tonterías las Justas’, que alegró la espera a más de uno.
Al inicio del concierto, Quico Rivera tuvo la brillante idea de sentarse entre el público en lugar de entre bambalinas, como su hermana pequeña. El espectáculo estaba asegurado. Personal de prensa del Ayuntamiento tuvo que acudir al rescate de Paquirrín, ante el asalto de los reporteros.
Pero el gran show llegó tras el concierto. Hordas de talibanas y talibanes pro Pantoja invadieron la salida del aparcamiento de la huerta obispal, esperando ver a su musa. Entre ellas había una mujer que aprovechó los bolígrafos (“¿Has venido con la cámara?” de Diario de Alcalá para dejar necesitada de tres duchas a la archienemiga mediática de Isabel, Mila Ximénez. La señora, que no había ido a la actuación, le afeó a una que sí había ido que estuviera allí. Sobre todo porque esta última no hacía más que poner verde a la artista por la que había pagado 25 euros. Entretanto, los fanáticos (una mujer tuvo un vahído instantes después de irse los efectivos de Protección Civil), los reporteros y Mocito Feliz se desesperaban por que la Pantoja no salía. Uno, dos, tres , hasta 10 coches contaron. El berlangiano espectáculo presagiaba, incluso, un atropello pues coche que pasaba, coche que se asaltaba.Pero ni rastro de la diva. Esta última salió como el sevicio:por la puerta de atrás. Decepcionante final para una noche de micrófonos largos.
Fernando Escudero |