Es cierto que Joaquín Sabina no va a provocar roturas de caderas a sus 'cuarenta y pocos' tacos, aunque siga así de flaco, pero su música sigue siendo poesía. Su tono de voz sigue roto, como el bulevar de los sueños que bajo la luna llena que presidió ayer el concierto en Alcalá, volvió a contagiar a los alcalaínos, que en menos de tres años han vuelto a disfrutar, quizás por última vez, del poeta de Úbeda.
No fue, desde luego, su mejor concierto y sus canciones de su último disco no están a la altura de sus mejores tiempos, cuando los renglones torcidos evitaron a Dios, 'y sin embargo' cuando sonaron clásicos, como Princesa o Pacto entre caballeros, la Huerta del Obispo tomó sabor a tiramisú de limón, vinagre como el irreparable paso del tiempo y el aroma a rosas de las grandes actuaciones. Sabina es Sabina en cualquiera de sus registros y más si le acompaña su inseparable Pancho Varona, que ha dejado colgado un mensaje en facebook (Buenos días! Todo bien, el chou en Alcalá fue fantástico! Luna casi llena, recinto casi lleno, muchísima gente, todo perfecto. Gracias de todo corazón, ojalá que volvamos a vernos!), esas redes sociales que ayer despreció Sabina, como esta semana lo hizo Calamaro. Y, aunque el concierto duró más de dos horas, la actuación del irreverente trovador jiennense, con bombín, que no gorro, resultó corta.
Sabina se despidió casi a la una de la mañana, después de que nos dieran las diez y las once, y también las doce, con Pastillas para no soñar, porque su música va a lograr vivir cien años probando los licores del placer que sigue proporcionando la letra de sus canciones. Dicen que es su última gira y, por eso, tenía quizás algo de aroma de la calle Melancolía. Al menos siempre quedará el recuerdo de sus canciones.
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