Encontrarla es más fácil poniendo el oído que agudizando la vista. Y eso que su puesto está en primera línea de la Isla. Manuela lleva la Feria ‘en sangre’. Visita las de Alcalá desde hace casi 40 años, cada noche empuña el micro del Bingo en el que trabaja junto a su marido y uno de sus hijos y, como el rey Midas, tiene su particular toque (de atención). Es invocar a sus devotos con su hipnótico chist-chist y tener al público rendido a los pies, cartón en mano y con el índice apuntando.
–Un día la vieron en Santander y poco después la reconocieron en Alcalá al escuchar su Chist-chist...
–¿Ah, sí? (sonríe satisfecha). Sí que hay gente que de un año para otro se encuentra conmigo y se acerca para decirme que me vieron en la feria de otra ciudad. Bueno, cuando estoy por Madrid me provocan por la calle y cuando voy a la compra me chistan (asiente agradecida).
–Toda una estrategia de marketing. ¿Cómo surgió?
–(Se encoje de hombros. Y es que para Manuela su manera de chistar ya es tan natural como el parpadeo). Para mí ya es normal. Lo hago casi sin querer o cuando quiero anunciar algo como la especial. Parece que así la gente te mira más.
–¿Siempre ha sido feriante?
–De toda la vida. Lo soy por tradición. Mis padres lo eran. Llevaban un bar en la feria. Luego me casé y hubo un tiempo en el que mi marido y yo nos retiramos y montamos una marisquería en Palma de Mallorca. Pero volvimos a la Feria. Al principio era mi marido el que se ocupaba del micrófono del Bingo, su estilo era más el de ‘meterse’ con la gente, bromear con ella... Yo no era de eso. Pero cuando mis hijos crecieron, llegó a gustarme más estar ahí fuera que dentro. Así que lo que hacemos es que nos turnamos. También mi hijo está con nosotros y mi hija, que se casó con un feriante, es quien lleva el ‘Revolution’ (una de las atracciones que eleva a los visitantes varios metros del suelo).
–¿Se le da mejor a usted que a su esposo?
–¡Uy! No sé. Ahora, la gente dice que se me da mejor a mí (risas).
–¿Hay muchos fieles en el reparto de cartones?
–Sí. La mayoría son los mismos. Así que el primer día me tiro toda la jornada saludando y el último, despidiéndome.
–Y lo dan todo por un ‘bingo’...
–Cada uno según sus posibilidades o el límite que se haya puesto.
–¿Dan buenos premios?
–Hay de todo. Tenemos cosas más normalitas y tenemos pantallas planas, especiales de motos... Aquí se pone, se repone y se reparte todo.
–¿Cree en la suerte?
–Claro.
–¿Y ha jugado al bingo?
–¿Al de verdad?
–Sí.
–Alguna vez que otra hemos ido.
–Metida en números, tendrá el suyo de la suerte.
–El 14. Me casé un 14 y es un número que siempre me acompaña.
–Le tocó el bingo cuando...
–Me considero afortunada en todos los aspectos de la vida.
–Santander, La Mancha, Mallorca, Alcalá... están en su ruta. ¿Dónde tiene el feriante su casa?
–Yo en Alcira, en Valencia. Allí estamos tres meses. Y no porque seamos valencianos –ella nació en Zaragoza–, sino porque porque por el Levante estamos seis meses.
–Tres meses en casa y el resto en una caravana.
–Que es como una casa. Tiene 70 m2, tres habitaciones, la cocina, el salón...
–Nada que ver con las que había cuando era niña.
–Antes eran casetas. Ahora vamos con muchas comodidades.
–Y de vacaciones, ni hablar de irse de camping.
–No. En casita a relajarse.
–¿Por qué uno elige vivir de feria en feria y de ciudad en ciudad? ¿Qué le engancha?
–No hay un gran qué. Es algo natural. Parece que si uno nace en una familia de médicos la tendencia es a estudiar Medicina. Y en la Feria pasa igual. Es con lo que creces y aunque te preocupas porque tus hijos estudien y hagan sus obligaciones es un campo abierto que está ahí, que te ofrece trabajo. Luego, además gusta. A mí porque me da la oportunidad de conocer a mucha gente. Al final vas coincidiendo con unos, con otros y te mueves con un público que llega con una predisposición de alegría. La gente cuando viene a la feria es para divertirse y eso es agradable.
–¿La pega de su trabajo?
–La hora de montar y desmontar para trasladarse a otro sitio.
–Y usted, fuera del Bingo, ¿va a la feria?
–Claro. Voy a ver a los amigos. Pero a las atracciones ya no voy. Tengo una edad. De niña sí era de montar en la Montaña Rusa.
–¿Hay feria para rato?
–Sí. Las tradiciones gustan. Evolucionan pero no desaparecen. El algodón sigue gustando a los niños.
Cristina Martínez |